Spain after work (Diagonal nº 201).

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Este texto se publicó en la contraportada del número 201 del periódico Diagonal en la sección dedicada a humor (aunque como veréis no tenía el coño para muchos ruidos ese día). En este enlace, en la versión digital del periódico, podéis ver el texto original con el magnífico chiste de MEL que suele ilustrarla. He incluido los enlaces que pusieron las chicas de Diagonal y el encabezado que pusieron: “Un homenaje a J.G. Ballard sobre la sociedad del fin del trabajo asalariado en este páramo sin esperanza.”
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Spain after-work (homenaje a Ballard).

2013 fue el último año en el que se trabajó en España. En junio de ese año recibimos la mística visita del FMI que aconsejó al gobierno que flexibilizara el mercado laboral abaratando despidos y eliminando trabas judiciales a los mismos. A pesar de que en 2013 estábamos regidos por una economía que había dejado de ser ciencia para ser superstición y de que todos practicábamos rituales para atraer la prosperidad económica como manejar dinero invisible o guardar para la jubilación, el FMI no había perdido un ápice de su prestigio. Más bien al contrario ya que en esos tiempos oscuros se había convertido en la Burocracia Divinizada que bajaba y pedía sacrificios rituales y que esta vez demandaba en su pira neoliberal, vuelta y vuelta, el concepto mismo del trabajo.

Gracias a esas medidas impulsadas por el FMI en 2015 se alcanzó un paro del 80% de la población activa y nuestro país se convirtió en una gran masa de prejubilados que apoyados en vallas veían como en Europa se cavaban zanjas. Los más jóvenes intentaron escapar pero las zanjas era muy profundas y además en época estival (de marzo a octubre) el paro descendía hasta el 65% debido a la llegada de turistas del primer mundo que llenaban nuestras plazas hoteleras. Así las costas mediterráneas se convirtieron en un lugar de residencia de muchos jóvenes que si bien vivían esclavizados durante el verano, hacían suyas las ciudades de vacaciones durante el invierno convirtiendo aquellos parajes en lugares peligrosos en los que el ejército hacía continuas incursiones.

Las personas mayores de cuarenta años que fueron incapaces de recuperar sus empleos tras el Gran Despido y que todavía unían la capacidad productiva a la dignidad personal sobrevivieron como pudieron: muchos montaban y desmontaban los motores de sus coches aparcados en las puertas de casa y otros convirtieron la petanca en un deporte estrella en el que se apostaba grandes cantidades de dinero. Muchos parados y paradas crónicos se encerraron en las escasas bibliotecas que quedaban abiertas y convirtieron aquellos centros en escuelas improvisadas ante el colapso de la educación pública que para el gobierno había dejado de cumplir su función principal: educar a los cuadros intermedios (universidad) y a la mano de obra especializada (Formación Profesional) para el acceso a un mercado laboral que había dejado de existir.

En todo este proceso se vivió una espectacularización del trabajo: la televisión estaba llena de personas cuya riqueza provenía de la nada (famosos, comentaristas o la familia Real) o de programas sobre trabajos que al principio se centraban en labores tradicionales pero que pronto se extendieron a cualquier tipo de actividad remunerada: fascinantes documentales sobre empleadas del metro, jardineros, camareros o dentistas. Así mismo se empezaron a hacer concursos literarios sobre curriculum vitae o “historias de la carrera de la vida” y obras de teatro sobre entrevistas de trabajo. Se levantaron estatuas a la figura del emprendedor y las ciudades más prósperas se vendieron como “viveros de emprendimiento”. La nueva religión de estado que vino a sustituir al catolicismo era el “couching” regido por personas consideradas como sanadoras laborales que transformaban el paro endémico en una cuestión de culpa personal que solamente se podía expirar a través de la actitud. En aquellos tiempos todo el mundo consideraba de muy mala educación preguntar por el trabajo y las conversaciones sobre ese tema siempre empezaban con un delicado “qué mal están las cosas, ¿eh?” que se había convertido en la forma protocolaria perfecta de echar las luces largas a otros parados.

 
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