Women films (2): Joan Crawford y el porno sadomasoquista melodramático.

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Unas de mis grandes lagunas de la historia del cine y que se ha convertido en un terreno pantanoso en el que me estoy introduciendo hasta las rodillas con mi tesis es en la filmografía de Joan Crawford.  Ya que si una ha tenido que ser de algo era de Bette Davis que bajaba muy bien las escaleras y que también disparaba armas muy bonito o incluso hacía ambas cosas a las vez como en el inconmensurable inicio de The letter  de William Wyler:

¿Qué más se puede pedir señoras? La poderosa dueña de una exótica plantación postcolonial, los trabajadores de otra raza que la cámara sitúa visualmente con los animales de compañía, la luna lunera que es rajada por una nube y la Dette Davis con un vestido que tiene un vuelo precioso (pre-ci-o-so) descargando un arma sobre un señor. Pues poca cosa más se puede pedir para que sea un inicio de película perfecto. Ahora, snif, que aquellos eran otros tiempos ya que “The letter” se estrenó en 1940 cuando el cine para mujeres, el “women films”, iniciaba su época de máximo esplendor alimentado después por la nutrida población femenina de EE.UU. que aprovechaba la independencia laboral de la Segunda Guerra Mundial gastándose los salarios en el cine. Claro, que cuando decimos “cine de mujeres” no decimos nada o en realidad queremos decir “melodrama”. Porque lo de “women films” fue básicamente un invento de los estudios feministas de historia del cine, ¡¡alabados sean!!, que dieron sus primeros taconazos con libros como “From Reverence to Rape: The Treatment of Women in the Movies” (1974) de una joven Molly Haskell  y que fue una de las primeras aproximaciones a la imagen de las mujeres dentro de las películas y más concretamente dentro del melodrama clásico.

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Básicamente, tan básicamente que voy a ser simplista, desde el libro de Molly Haskell la mayoría de reflexiones sobre el melodrama clásico se han movido sobre tres presupuestos: subrayar la importancia del protagonismo de la mujer (la heroína femenina), subrayar los placeres que proporcionan estas historias a través de temas como el Lujo o el Romance, así como subrayar toda la carga de inquina heteropatriarcal que le meten a una con esa cucharadita de azúcar visual. Dentro de la ya larga lista de teóricas cinematográficas las hay como la propia Haskell que dicen que si bien estas historias están basadas en la autocompasión femenina y que están destinadas a que las mujeres se reconcilien con sus miserias más que rebelarse contra ellas (unos lloros y a fregar chicas), al mismo tiempo pueden tener un valor progresista, especialmente al celebrar a mujeres fuertes. Otra estudiosa como Mary Ann Doane dice que de eso nanay, que puede que ese tipo de cine puede crear una mirada femenina a través de sus protagonistas pero que sólo se utiliza para volverla en contra de las propias mujeres que encuentran placer pero sólo a través del sadomasoquismo “un lugar imposible de deseo puramente pasivo donde el placer de las espectadoras se encuentra indisoluble del dolor, el sufrimiento y la agresión no sólo contra los personajes sino contra las espectadoras”.

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El sadomasoquismo visual del melodrama clásico es un gran tema y lo podríamos relacionar con la reivindicación del sadomasoquismo guarro que hacen las hermanas del postporno, aunque, seamos serias, el del melodrama clásico es mucho más heavy y lo lleva más allá ya que al contar historias básicamente enseña a vivir, haciendo que el dildo heteropatriarcal llegue más allá del ano llegando directamente hasta el alma. Pensarán que exagero y que hablo postmoderno, pero no, no, creedme, que las bestialidades del cine clásico no las supera ni usted ni yo, ni aquella de allá ni esta otra de acullá. Déjenme que les ponga el ejemplo que más me escandalizado, disgustado y revuelto las tripas, la empalagosa y pasiva-agresiva Autumn Leaves  con una esplendorosa y valga la redundancia otoñal Joan Crawford en una película realizada en 1956, cuando el cine clásico empezaba a declinar y cuando sus historias femeninas mandaban a las mujeres a casa tras la Segunda Guerra Mundial, ya saben el tipo de películas que una se imagina que le encantarían a la Betty Draper de “Mad Men” y su mística de la feminidad y vuelta al hogar. Una peli doblemente interesante porque está dirigida por el gran Rober Aldrich  (“¿Qué fue de Baby Jane?” o “Doce del patíbulo”) y entre sus autores estaban los guionistas defenestrados Jean Rouverol y su marido Hugo Butler. Jean Rouverol fue una actriz cómica prematura, escritora de novelas durante la Segunda Guerra Mundial y guionista profesional hasta que el Comité de Actividades Anti-americanas se le echó encima por su pertenencia al Partido Comunista Americano y tuvo que marcharse a México desde donde continuó escribiendo y criando a sus seis hijos (su marido colaboró con dos películas de Buñel: “Las aventuras de Robinson Crusoe” y “La joven”). A la película se le cambió el título de “The way we Are” a “Autumn Leaves” pare subirse al carro de la exitosa canción de Nat King Cole con la que empieza la peli pero a pesar de este giro de marketing la reacción de taquilla fue más bien templada y esta obra he quedado olvidada salvo por los amantes del camp y las señoras aparatosas. Pero veamos el argumento.

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La peli cuenta la historia de la solterona y madura Millicent “Millie” Wetherby (Joan Crawford) que se gana la vida como taquimecanógrafa particular y que luce durante toda la película unos impolutos guantes blancos que sólo se los quita cuando tiene que arremangarse por su hombre. Porque Millie, la adorada Millie que llena su condominio de Los Ángeles con el ruido de su máquina de escribir y con sus conversaciones intrascendentes con otra solterona conoce a un hombre. Un hombre, por cierto, mucho más joven, guapo y militar de servicio llamado Burt Hanson (Cliff Robertson) quien se sienta una noche por sorpresa en la mesa que ocupa en un dinner y que con esa agudeza a la hora de calibrar el carácter que sólo tienen los locos la encuentra maravillosa. Porque Burt, vamos a ver, está loco, como una cabra. De este modo la cosa se pone freudiana ya que los problemas mentales de Burt tienen su origen en un padre acosador y en una ex mujer malvada, ambos compinchados hasta límites inimaginables por lo que la leona Millie tiene que defender su Amor ante dos frentes: el exterior con el acoso familiar y el interior con la locura de Burt.

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De este modo “Autumn Leaves” como obra se ajusta a los patrones del melodrama con una historia sadomasoca (ahora veremos) que proporciona a las mujeres una liberación temporal con una escapatoria al amor romántico y la sexualidad a mismo tiempo que cuenta la historia de un prototipo de mejor melodramática: la mujer ordinaria que se transforma extraordinaria (según Haskell) frente a la simplemente ordinaria. Pasemos pues a ver una de las escenas en las que todo estos elementos se desatan y se subrayan, una que he subido yo directamente al youtube y que pese a tener el logo de Telemadrid fue imposible de encontrar en dual. ¿Qué pasa en esta escena? Pues que Millie acaba de tener un agarrón en la puerta de su apartamento con la familia de Burt y éste en plena paranoia agrede a su mujer en una descarnada visión de violencia de género, pero atentas al modo en el que se desarrolla la historia:

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Burt sufre un ataque y no recuerda nada después de la agresión y es él quien descansa en la cama, ella se acerca a servirle con las gafas de sol, este es la conversación que tienen:
– Millie: ¡¡Dios mío!! Pareces muy descansado.
– Burt: ¿Estabas hablando con alguien?
– M: Sí, el doctor. ¿Has dormido bien?
(Burt la besa).
– M: Te traeré una sopa…
– B: Millie espera, creo que tienes algo en la camisa (más besos).
– M: ¿De dónde salió ese beso? Debes haber estado practicando (más besos).
– B: Resulta curioso, pero como este beso [que te acabo de dar]… no recuerdo nada de lo que hice…Uhmmm (le mira la mano herida).
– M: Te traeré la sopa.
– B: ¿Qué le pasó a tu mano? (le intenta quitar las gafas de sol).
– M (disculpándose por la herida): Intenté ir en dos direcciones opuestas a la vez.
– B: Oh, sí, ya recuerdo, déjame ver tu ojo morado…
– M: ¡Oh no!, es fascinante pero sólo para mí. Cambia de color cada día. No me voy a quitar las gafas de sol. Hay algo muy poco femenino en una mujer con un ojo morado.

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“There is something unladylike about a black eye in a woman” es quizás, sin “quizás”, es seguro la frase más horrorosa de toda la historia del cine clásico y aunque la narración lo intente suavizar convirtiendo al agresor en un amnésico neurótico que no se acuerda que ha pegado a su mujer sus implicaciones son monstruosas: la mujer que sufre la agresión se esfuerza por continuar pareciendo femenina ocultando sus heridas que son “unladylike” bajo unas grandes gafas de sol. Así el compensatorio romance otoñal que nos ofrece la película la historia deja claro que el verdadero trabajo de una mujer es “ser mujer” caigan los golpes que caigan. Al final y después de tamaño esfuerzo, Millie obtiene su premio realizándose como tal. Esta vez la mirada femenina del cine clásico tiene un color morado y la historia femenina central se vuelve contra su protagonista como una pesada máquina de escribir que cae.

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One response to this post.

  1. Para mi tanto Joan Crawford como Bette Davis son dos grandes! No puedo quedarme sólo con una, es como elegir entre papá o mamá (mamá o mamá en este caso). A pesar de lo dicho algunos titulos aún se me escapan (de ambas), como por ejemplo este que comentas y que intentaré ver cuanto antes. ¡Te cuento en breve!

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