Chicas histéricas y hombres expertos: pop y autenticidad de género.

1994.08.10 Karen & Margeruite

Este artículo ha sido realizado con la prestigiosa beca “PostxDrinks” en el que las autoras del blog colectivo Sras que hablan de musica invitan a un copazo por cada post que les escriba, por ese motivo este artículo se publica conjuntamente en Sras que hablan de musica y Palomitas en los ojos

Si se considera usted un explorador de la cultura popular, uno de esos tipos que rebuscan la poética actual en los discos de rock, la estrategia futbolística del Barça y su adicción a la Mahou, ya sabe, uno de esos que llevan siempre camisetas de festivales de música extravagantemente caros y pantalones pitillos que lucen moderno pero que reducen sustancialmente el nivel de espermatozoides utilizables, no necesitará que venga una maricona como yo a hablarle de un libro como “Subculturas (el significado del estilo)” de Dick Hebdige. Si, en cambio, usted no se ajusta a ese estereotipo, me siento autorizada a realizarle una pequeña introducción que aclare la necesidad de este artículo: el libro de Dick Hebdige está considerado un texto fundamental para los estudios culturales desde su publicación en 1979 (y eso nadie lo discute), especialmente en el campo del análisis de las subculturas, tema al que mete mano utilizando herramientas como la sociología, la semiótica e incluso el marxismo al enfatizar los contextos sociales, económicos, históricos y de clase de cada uno de los grupos estudiados como los teddy boys, los mods, los rockers y los punks.

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Por otro lado, ustedes, mujeres velludas y hombres afeminados, modernas todas, no dudo de que se maravillaran ante la pertinencia de la propuesta y aplaudirán que el libro se haya traducido al castellano (¡¡con 25 años de retraso!!) pero estoy casi segura que esa alegría se verá empañada de manera revanchista y un poco amargada por un razonamiento muy parecido al que sigue: “vale, ese libro estudia los contextos sociales, económicos, históricos y de clase de las subculturas, pero…¿y el vector género?”. Ay, hija, el vector género no pides tú poco… Pero, no, no se preocupen porque alguien se les ha adelantado y sus inquietudes fueron pronto trasladadas al propio autor, quien allá por 1980, tuvo que leerse la crítica de nuestra heroína, la académica pop Angela McRobbie quien publicaba por esas fechas un artículo titulado “Settling accounts with subcultures: a feminist critique”, en el que exponía que ella había leído y releído el libro, lo había puesto cabeza abajo y lo había zarandeado y por allí no aparecían chicas por ningún lado. Una carencia muy llamativa porque la propia McRobbie y su amiga Jenny Garber habían dedicado un artículo esencial al tema de la subculturas y las chicas en 1977 “Girls and subcultures”, es decir, dos años antes a las publicación del libro de Hebige y que es el que hoy nos ocupa ya que las traducciones de la McRobbie al castellano ni están ni se las esperan.

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Existe una frase mítica del antropólogo Claude Lévi-Strauss que podría servirnos de perfecta introducción del modo en el que la sociología y los estudios culturales han tratado tradicionalmente la presencia femenina dentro de las subculturas juveniles y es esa en la que a la hora de describir una aldea expuso: “Los hombres se fueron a cazar, el poblado se quedó solitario, sólo estábamos las mujeres y yo”. A pesar que de todos podemos pensar que las señoras zulúes y los antropólogos androcéntricos son también personas y por lo tanto cuentan, uno no puede dejar de sentir que desde los estudios culturales muchos especialistas en culturas juveniles se han visto próximos a pegarse un tropezón parecido y escribir: “El bar quedó solitario sólo quedamos las novias de los teddy boys/moteros y yo” y quedarse tan panchos, oiga. Aunque haciendo justicia a la verdad sociológica es probable que al marcharse los mods, los bares quedaran desiertos por la simple y llana razón de que las mujeres, las mujeres jóvenes inglesas de los 50 y 60, no estuvieran allí. Ese parece un buen punto por el que comenzar a estudiar las subculturas femeninas, el puntualizar, tal como lo hizo McRobbie en los 70, que el género es un elemento clave para analizar el consumo de cultura popular, y que si se aplica como es debido se llega a la conclusión de que las chicas han consumido tradicionalmente cultura popular de manera distinta que los chicos: no en la calle convirtiendo sus gustos musicales o de vestimenta en signos identitarios colectivos sino en la intimidad del hogar, ya que entre otras cosas para la sociedad inglesa de los 50 que una mujer joven merodeara en la calle podría asimilarse a una invitación sexual. En “Girls and subcultures” McRobbie y Garber exponen que la industria del ocio norteamericana e inglesa a partir de los 50 se dirigía tanto a chicos como a chicas, pero que las chicas utilizaban estos elementos de manera distinta insertándolos en rituales hogareños que se fabricaban en torno a experimentar con peinados, maquillarse y probarse ropa. Rituales que sin embargo no excluían otras actividades públicas como bailes o guateques.

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Junto a esa separación entre espacio público y hogar existen otras diferencias significativas como que en palabras de esta autora: “los chicos tienden a ser más participativos y técnicamente informados en su relación con el pop” algo que según McRobbie se extiende hasta un estilo tan aparentemente igualitario como techno-pop, “mientras que las chicas se convierten en fans y lectoras influidas por medios como comics románticos o revistas sobre cantantes”. No obstante McRobbie y Garber no eliminan completamente a las mujeres de la fotografía de las subculturas y exponen que existieron teddy girls al mismo tiempo que analizan la figura de la motera, la chica mod o la hippy, que insertas en distintos espacios culturales tuvieron que verse con toda una colección de circunstancias que no las situaban en una posición predominante en esos grupos. Circunstancias como la doble moral sexual, los salarios más bajos (menor posibilidad de gastar en ocio), las dificultades de acceder a la contracepción, la dependencia de la mujer trabajadora del salario del marido (caso de las subculturas obreras), así como la estricta vigilancia que tradicionalmente se ha ejercido sobre las chicas jóvenes. Un buen resumen de ello sería la afirmación de McRobbie de que el término subcultura ha adquirido un carácter tan masculino que las chicas se sienten excluidas de ella y un buen ejemplo de la pervivencia de ese sentimiento lo encontré cuando hace un par de semanas me invitaron a explicar estas tontunas en el máster de feminismo de la Complutense y una de las alumnas explicó como en más de una ocasión en conciertos de música hardcore le habían pedido que se pusiera detrás porque “sino no podían empujar a gusto” (yo pensé “creía que ya no quedaban caballeros que parasen un pogo para que una damisela cruzara la sala”). Lo interesante de ese testimonio de la compañera no sólo fue que subrayaba el machismo en un entorno que no esperábamos –música punk, casa okupa, veganismo etc. etc.- sino que según sus propias palabras cuando llegó la hora de dar botes, no tenía nada que envidiar a los chicos, afianzando ese androcentrismo propio de las subculturas por las que tanto los hombres como las mujeres pueden ser recompensados pero sólo si son o se comportan masculinamente. O dicho de otro modo: en las subculturas pueden haber chicas pero en las filas de atrás para que no se lastimen, las de las filas de adelante ya saben lo que les toca…

Un buen ejemplo del androcentrismo dentro de la cultura mainstream podría ser el video-canción de Jessie J “Doing like a dude” (Portándose como un tío):

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En “Girls and subcultures” McRobbie y Garber hablan de una subcultura propiamente femenina, la de las teennyboppers, una subcultura pop femenina que desde los 50s –post Guerra Mundial- ha sido alimentada a base de comics, revistas y un flujo ininterrumpido de estrellas de la canción, destinada básicamente a mujeres pre-adolescentes, es decir, las fans de toda la vida. Las teenyboppers han ido saciando su hambre pop con estrellas como Frank Sinatra, Los Beatles y el bubblegum pop que fue esa operación comercial a base de grupos desconocidos que hacían música en cadena y en forma de singles (las adolescentes no tenían para pagarse lps) con grupos como The Archies (“Sugar”) o The Monkees que es considerado el primer grupo prefabricado de la historia. Junto a estos también podríamos relacionar a las teenyboppers con los grandes grupos de chicas de los 60s (Shangri-Las, Crystals, Supremes…) y sus canciones melodramáticas sobre novios muertos en accidentes de carretera –hace un tiempo le dediqué un post a ese tema en esta entrada– así como con los modernos fenómenos de fans como Justin Bieber. Ya sólo echando un vistazo muy superficial a los intereses de ese grupo vemos que una de las primeras diferencias con subculturas masculinas es que consumen música pop completamente empaquetada que emerge de corazón de la industria y que, por ello, según McRobbie y Garber, pudiera ser considerada como menos creativa que las subculturas masculinas. Sin embargo está marcada por unos intereses y circunstancias particulares entre las que deberíamos de destacar el modo en que las chicas interactúan entre sí. Repasemos brevemente los elementos que según McRobbie y Garber marca a este grupo:

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• La música y el tipo de ocio se acomoda al consumo del hogar: las chicas tienen menor libertad de movimiento que los chicos, especialmente en las calles.

• No es una subcultura restrictiva: no requiere un compromiso con ideas interiorizadas sobre lo que es “cool”, es barata tanto en uniformes como en revistas / discos y los conciertos son tan escasos como para considerarse amenazas.

• No existen riesgos sexuales: para las chicas de esas edades los chicos reales son percibidos como entes amenazadores y la mayoría de ellas, sean de la clase que sean, quieren retrasar el momento de los besos. Los ídolos fantásticos del pop no hacen esas demandas ya que quieren a sus fans sin pedir nada a cambio.

• Sirve para construir fantasías escapistas: Ser adolescente, chicas, es un stress y las fantasías que se construyen alrededor de los ídolos teen a través de narraciones como encontrarlos en el super o ser elegida entre la primera fila de un concierto sirven de válvula de escape para las (altas) demandas diarias de los estudios o el trabajo, no estando, además, exentas de un fuerte componente sexual. No podemos obviar que esta construcción romántica que se elabora a través de revistas, programas de tele/radio y actualmente internet tiene su lado oscuro ya que según McRobbie y Garber la idealización del teen idol “lleva implícita la subordinación de la mujer al hombre, anticipando la subordinación de la esposa al marido” y presentando una forma idealizada de matrimonio.

La Vivian Girls parecen que han leído a la McRobbie:

Sin embargo, pese a esa pasividad sentimental y consumista, McRobbie y Garber exponen que al declararse como fans las chicas están actuando activamente trastocando ese esquema de fan femenina pasiva frente a estrella masculina activa. Y al hacerlo están creando una identidad femenina en un contexto cultural comercial, una identidad que se corresponde a las características esenciales de las subculturas como fenómenos sociales de “retirada” (del mundo adulto o laboral) y “preparación” (para integrarse a él) que en este caso y según McRobbie están especialmente marcadas por las ansiedades que provoca moverse por el mundo de la sexualidad adolescente. De este modo la retirada significaría un alejamiento del mundo adulto y masculino ya que son grupos femeninos cerrados e inaccesibles a los chicos, alejadas del ojo masculino que podría ridiculizarlas, los padres y madres, los y las profesoras. Como subcultura, pues, estaría marcada esencialmente por el modo en que las chicas interactúan entre ellas a través de una férrea solidaridad defensiva entre los grupos de teenyboppers que no suelen ser grandes en número. El tema de la “preparación” se podría vincular a como se anticipa el mundo sexual a través de la devoción por el idol y a través de (posibles) rituales semi-masturbatorios femeninos. McRobbie y Garber hacen una definición del fenómeno que no sólo es ajustada sino que creo que es pura poesía académica, lean y fíjense lo que es escribir bien: “Debemos entender las culturas Tennyboppers como un modo de comprar tiempo dentro de la cultura comercial mainstream y del mundo real de los encuentros sexuales mientras a la vez se imaginan esos encuentros con la ayuda de las imágenes y los productos que proporciona la propia cultura comercial mainstream, desde el espacio seguro de la exclusividad femenina de un grupo de amigas”.

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Este texto fundamental tiene, claro, sus cuantos años y en la escena de la música enlatada para adolescentes han pasado muchas cosas y algunas claramente contradictorias. Según mi punto de vista que está más marcado por ser una aficionada a la cultura pop que por ser una experta en música, creo que la música para chicas adolescentes sigue siendo considerado el escalafón más bajo de la música pop pero paradójicamente sus formas industriales han sido adaptadas como una de las herramientas más poderosas del (casi) difunto negocio musical. Pensemos por ejemplo como la celebridad articula el actual estrellato musical y veremos que prácticamente desde la aparición de la MTV y desde que las radio fórmulas descubrieron el poder consumista de las adolescentes la música pop contemporánea se basa en la sucesión de una serie de estrellas (Adele, Christina Aguilera, Beyoncé, Kelly Clarkson, Miley Cyrus, Ke$ha, Lady Gaga, Nicki Minaj, Katy Perry, P!nk, Rihanna, Robyn, Shakira, Britney Spears, Taylor Swift y Carrie Underwood) que sacan una serie de singles musicalmente indiferenciados y que llenan el escenario de prácticas para musicales, que si la camiseta, que si la chapa, que si la mochila… Hecho que no es baladí, amigas, ya que dado que el concepto de estrella musical de facto articula el negocio en una serie de plataformas que vienen a sustituir la antigua venta de discos –que si el single para el ipod, que si el concierto acontecimiento, que si la marca de ropa, que si la página web- el universo pop se llena de información biográfica (que si ha engordado, que si su novio se ha vuelto marica, que si le quitan la custodia de sus hijos por posesión de cocaína, que si se ha enrollado con una dj) que no sirve absolutamente para nada ya que, como decíamos, musicalmente no podemos diferenciar a una de otra… bueno, a ciencia cierta, sirve para algo, sirve para crear un relato que circula por todas esas plataformas. Es decir, cuando compras la ropa que diseña Shakira, es un pour parler, estas consumiendo a Shakira del mismo modo que si escucharas su música…

Take That… smells like teen spirit:


Este debate nos lleva a otra interesante cuestión: si la música mainstream es falsa y femenina, ¿la música indie es masculina, es decir, se construye en base a discursos masculinos? Yo por ese terreno no me quiero meter porque los indies se conoce que tienen muy poco humor y sólo son irónicos para soltar mierda machista, pero como oyente de Radio 3 no puedo dejar de constatar que ciertos discursos sobre el grano de voz de un cantante, la calidad cruda (raw) de su música y la insistencia en que la biografía del artista influye en su obra se pueden contraponer fácilmente a ciertos discursos sobre la feminidad de la música hiper producida (¡¡ese vocoder!!), fácil y comercial que son, por otro lado, atributos de toda la vida ligados al pop. Del mismo modo la figura del aficionado a la música indie se articula como un conocedor mientras que la fan de la música pop articula pública y mediáticamente toda una serie de discursos sobre el histerismo femenino, la idiotez de las mujeres adolescentes y los excesos del consumismo fanático.

Cuando existía Take That y los aeropuertos estaban llenos de fotos de terroristas:

Pero este artículo quedaría cojo si no señalamos que junto a esa tendencia que ha convertido en mainstream los mecanismos de la música para chicas, la industria musical occidental ha cambiado hasta convertirse en un escenario muy complicado como para producir esa música tonta y fácil que tanto gusta a las chicas adolescentes y a las que nos sentimos chicas adolescentes. Cambios que van desde contenidos de las canciones (las múltiples referencias a drogas de las canciones de Nicki Minaj) hasta la información sobre la estrellas que corre de manera enloquecida en la era de internet logrando que nos enteremos a tiempo real de las meteduras de pata de Justin Bieber: ya sea que escribe una tontería en el libro de visita de la casa de Ana Frank o que le hackean la cuenta de twitter y confiesa falsamente que es gay (¿se imaginan a una fan de los 50 recibiendo noticias sobre la vinculación a la mafia de Frank Sinatra?). Por eso las personas que necesitamos ese tipo de música en nuestra vida diaria hemos tenido que saltar al escenario global para descubrir que la verdadera mierda está en el pop coreano, el k-pop, que se ha convertido en una amplia y robusta industria cultural que domina todo oriente. Una industria organizada en fábricas de idols y cuyas aficionadas, especialmente las occidentales, se han convertido para mí en la élite de las teens y cuyas sofisticación a la hora de consumir pop dejaría en pañales a cualquier redactor de revista de tendencias musicales indies, pero eso lo dejamos para otro día que las señoras que hablan se tendrán que currar otro cocktail…

2 responses to this post.

  1. There is certainly a lot to learn about this topic.

    I love all of the points you made.

    Respon

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