Gente encima de árboles o la imposibilidad de subir más alto.

Durante la Gran Depresión, Norteamérica vivió una escalada de actividades completamente idiotas y baratas destinadas a consumir ese excedente nacional que era el tiempo libre.  Durante esa época alcanza gran popularidad, por ejemplo, los concursos de comida y una nación hambrienta se recrea en los engullidores de tartas, huevos, hot-dogs y goma de mascar que rivalizan en capacidad de ingesta con los bebedores de café o los chupadores de cangrejos. Junto a éstos, aparecen los concursos de permanecer sentados en las ramas más altas de los árboles: los concursantes se mantienen sentados durante semanas o meses pensando en el premio en metálico que les espera en el suelo la mayoría de las veces recolectado por los curiosos que depositaban una moneda en una hucha colgada del árbol. En 1930, animados por las aventuras de los grandes astros de sentarse en palos de la década pasada como Alvin “Shipwreck” Kelly (en la foto), las sentadas en los árboles se convierten en una locura entre los colegiales que aspira a premios como una bicicleta o simplemente tener su foto publicada en los periódicos.

La radio y los periódicos se hacen eco de la moda: unos hermanos gemelos compartiendo rama, un boy-scoutt encima de un cedro, un niño alcanzado por un rayo, jóvenes atacados con tirachinas en las copas, uno que acabó quemando su tienda encima del árbol, el sempiterno atacado por una mofeta y finalmente el chaval de 16 años, Nelson McIntosh, que cayó al suelo cuando iba a por su almuerzo rompiéndose el cuello y muriendo en el acto. Trágico accidente que provocó una ola de solidaridad entre sus compañeros haciendo que los demás competidores a lo largo del estado descendieran en lo que le convirtió en ganador de resistencia postmortem. Dentro de esa heroica actividad parece haber un acuerdo entre los historiadores de que Leslie “Rhubarb” Davis fue la campeona al permanecer 107 días encima de un árbol en Gibson City, Illinois, aunque tras la muerte de Nelson McIntosh las noticias sobre esta moda fueron menguando tal como explica literalmente esta noticia que da noticia del fallecimiento del segundo:

 

“The Press Association of Florida has agreed to refuse to give any further publicity to tree-sitters until they broke their necks. Then they might become a legitimate news item”, es decir, “La asociación de prensa de Florida ha acordado no dar ninguna publicidad a los sentadores en los árboles hasta que se rompan sus cuello. Entonces quizás se conviertan en materia periodística legítima”.

A pesar de los avances de la arqueología psicológica no podemos saber a ciencia cierta que pasaba por esas cabezas demasiado frágiles para los duros suelos de Arizona o de Missouri a la hora de decidirse a escalar entre las ramas y permanecer horas, días o meses subidos a la copa de un árbol. A buen seguro esta especie de estilitas de la Gran Depresión (según la wiki: “Los estilitas eran monjes cristianos solitarios que vivían en el Medio Oriente a partir del siglo V y tenían la particularidad de transcurrir su vida de oración y penitencia sobre una plataforma colocada en la cima de una columna”), a buen seguro, como decía, estos estilitas de la Gran Depresión pensaban que permanecer quietos y aguantar era una manera de ganar dinero y quemar tiempo de unos años terribles y asfixiantes. Tampoco podemos descartar que quizás se estuviera mejor allá arriba recibiendo la brisa que en una casa destartalada con todos sus miembros en paro ya que EE.UU. que era hasta ese momento una nación sana, joven y con músculo se encontraba en 1933 con un 25% de desempleo, esto es, 15 millones de trabajadores afectados y con una caída del 40% de los ingresos familiares desde 1929. La brisa debía de hacer olvidar todos esos porcentajes y crear una sensación bastante próxima a volar: porque, no nos engañemos, una juventud que escalaba a los árboles era una juventud que estaba más próxima a volar. No podemos desestimar el hecho de que la década de los 20 fueron los años de las grandes gestas de la aviación que contaban con héroes jóvenes como Charles Lindbergh y su fantástica y solitaria aventura a lo largo del océano en el primer vuelo transoceánico de 1927 cuando contaba con 25 años. Una gesta que en su soledad y ridícula grandeza era imitada por toda una generación que se encaramaba a los árboles y que inspiraba grandes titulares y grandes obras como la del propio Bertolt Brecht quien escribió junto con Kurt Weill una cantanta profunda y misteriosa, una obra para una sola voz destinada a cantar a un hombre que cruza el mundo solo, un oratorio sobre la tecnología que fue escrito para la radio y que se llamaba Der Ozeanflug :

Mi nombre es Charles Lindbergh

tengo 25 años

mi abuelo era sueco

yo soy norteamericano.

A mi aparato lo escogí yo mismo.

Vuela a 210 Km por hora

se llama «Espíritu de St. Louis»

las fábricas de aviones Ryan en San Diego

lo construyeron en 60 días. Yo estuve allí

60 días, y 60 días tracé el rumbo de mi vuelo

en mapas y cartas marinas.

Vuelo solo.

En lugar de un hombre

llevo conmigo más combustible.

Vuelo sin radio en el aparato.

Vuelo con la mejor brújula.

3 días esperé el tiempo óptimo

pero los informes meteorológicos

no son buenos, y empeoran:

niebla en las costas y tempestad en el mar.

Pero ahora no espero más

Ahora subo.

(Letra extraída de aquí).

Pero los años 30 no fueron tampoco de grandeza para Lindbergh cuyo hijo es secuestrado en 1932 en lo que se conoce como el “El crimen del siglo”, en el que tras miles de búsquedas y conjeturas  el niño fue encontrado meses después a escasos metros del hogar de los Lindbergh con la cabeza fracturada por una herida mortal supuestamente producida por una caída de la escalera utilizada durante el secuestro. Charles Lindbergh Jr y Nelson McIntosh se hicieron famosos por descalabrarse al descender de aventuras de altura que no llevaban a ninguna parte y que escondían tras de sí la necesidad de dinero, pero con diferencias: la escalera con la que se cometió el famoso secuestro se convirtió en un fetiche de la época e incluso algún desalmado o algún hambriento la transformó en suvenires que se vendían durante el juicio al sospechoso que siempre se declaró inocente, Bruno Richard Hauptmann y que acabaría en la silla eléctrica. Mientras tanto, Charles Lindbergh se exilia a Europa y simpatiza con los nazis hasta el punto que Kurt / Weill retiran todas las referencias explicitas a Lindbergh de la obra, especialmente el primer verso de “Mi nombre es Charles Lindbergh” a “Mi nombre en nada hace a la cuestión”, añadiendo después una nota sobre las contribuciones del aviador a la técnica de los bombardeos masivos y a su actitud anti intervencionista frente a la Alemania de Hitler.

Pero para completar nuestro tríptico de escaleras, árboles y muerte no podemos olvidar que en los años 30 la gente no sólo subía a los árboles sino que colgaba de ellos. En 1937  Abel Meeropol un profesor judío asociado al Partido Comunista Americano ve esta famosa foto del linchamiento de Thomas Shipp y Abram Smith y se pasa un par de días sin dormir hasta que la transforma en un poema “Bitter Fruit” que es publicado en la revista “New masses” para pasar a ser musicada en el éxito Strange_Fruit, fruta extraña. Canción en la que se hace referencia a los cuerpos que cuelgan en los árboles del sur y en la que se contrapone la armonía pastoral del paisaje con la realidad de los linchamientos y el odio. Billie Holyday dijo de esta canción que “consigue que la gente que está en orden se separe de los cretinos y los idiotas”:

 

Southern trees bear a strange fruit,

Blood on the leaves and blood at the root,

Black bodies swinging in the southern breeze,

Strange fruit hanging from the poplar trees.

 

Pastoral scene of the gallant south,

The bulging eyes and the twisted mouth,

Scent of magnolias, sweet and fresh,

Then the sudden smell of burning flesh.

 

Here is fruit for the crows to pluck,

For the rain to gather, for the wind to suck,

For the sun to rot, for the trees to drop,

Here is a strange and bitter crop.”

“Los árboles del Sur tienen frutos extraños.

Sangre en las hojas y sangre en las raíces.

Cuerpos negros balanceándose con la brisa del sur.

Extraños frutos colgando de los álamos.

Una escena pastoral del Sur galante,

los ojos fuera de sus cuencas y la boca torcida,

aroma de las magnolias, dulce y fresco,

entonces, el repentino olor a carne quemada.

Lo que hay aquí es un fruto para que lo arranquen los cuervos,

para que lo empape la lluvia,

para que lo zarandee el viento

para que el sol lo pudra

para que gotee de los árboles.

Lo que hay aquí es un cultivo extraño y amargo”.

(Traducción sacada de esta página).

3 responses to this post.

  1. Posted by Reverend on setembre 12, 2012 at 12:38 pm

    Es curioso lo del bebé de Lindbergh. Hace unos meses vi una entrevista a Maurice Sendak donde mencionaba que recuerda haber visto a los seis años una fotografía del cadáver del bebé Lindbergh y que estuvo atormentándole durante décadas. Todo el mundo le tomaba por loco y años después investigando sobre ello descubrió que las ediciones de la tarde de los periódicos si que publicaron dichas fotografías y tuvieron que retirarlas rapidamente a petición de la familia. También menciona que los secuestros de niños empezaron a ser bastante frecuentes durante los años de la gran depresión.

    Respon

    • Sí, la foto de los restos del cadaver de Linbergh semi enterrado y comido por las alimañas es facilmente encontrable en internet y creo que debe de estar tomada de una de las fotos que atormentaron a Sendak, pero son muy fuertes para ponerlas en el blog, la verdad. Investigaré lo del secuestro de niños, aunque no creo que pueda profundizar mucho más allá que “La noche del cazador”… muchas gracias por comentar, Luis…

      Respon

  2. A mí la versión de Nina Simone me gusta más, transmite más. http://youtu.be/tqbXOO3OiOs
    La escucho en las carreteras de Carolina del Norte, donde los negros siguen “colgados” de los árboles…

    Excelente post palomitas, como siempre.

    Respon

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