Palomitas chick-lit.1: peluqueras en Nueva York.

Hola a todas, ya estoy de vuelta. Muchas gracias por la paciencia y la fidelidad pero necesitaba un mes de descanso para ordenar, preparar e impartir diversas conferencias, charlas, consejos y truquillos intelectuales (“Cómo quitar esas manchas que afean el expediente académico”)… ya sabéis, un tiempo para mí misma tal como se usa en la frase “me voy a dedicar una tarde a mí misma”… De todas formas vuelvo a mi lugar de salida porque nada me ha dado tantas alegrías como un buen y difundido post que provoca tanto la invitación de una institución que recibe fondos europeos como la sonrisa de algún afeminado perdido en la geografía o la amenaza de algún fan de Lady Gaga. Así que vamos a por faena que hoy les vengo a presentar una nueva sección: “Palomitas chick-lit” donde voy a analizar una serie de libros que necesito para mi trabajo fin de máster y que les pueden servir a ustedes como guías para ese complejo mundo de la chick culture. Ah…que no saben a qué me refiero con lo de la chick-culture y que les suena a cosa de mujeres extranjeras y ricas. Pues van por buen camino, porque básicamente se refiere a la cultura comercial destinada a mujeres blancas y heterosexuales de entre 20ytantos y 30ytantos años creada concretamente en el mundo anglosajón o como nada sutil imitación de él. Para que les quede la cosa más clara les he colgado el power point que preparé para “III Aula de debate de jóvenes investigador@s de género” de la IUEM Instituto de Estudios Universitarios de la Mujer (Autónoma de Madrid) y que en 10 breves preguntas les explica los lujosos pavimentos y prestigiosas aceras por donde nos vamos a mover:

Habiendo aclarado, o mejor, oxigenado en qué términos se va a mover mi estudio y sabiendo que mi objeto se sitúa en la escala más baja del entretenimiento (¡¡¡ocio femenino!!!) , permitidme que empiece la sección con la historia de la escritora Kathleen Flynn Hui una mujer que siempre ha trabajado en el campo de las cabezas, bien para peinarlas o bien para amueblarlas con sus historias sobre bellas y paletas heroínas como Georgia Watkins, peluquera como ella y también dispuesta a comerse  la Gran Manzana (creo que las metáforas facilonas se contagian por la aire). Porque la historia del libro que hoy analizamos, Rubias de Nueva York (Ediciones B, 2005) es una de esas donde escritora, personaje y público se confunden: ya que tanto la escritora como el personaje principal son peluqueras y las segundas, el público, alguna vez hemos ido a la peluquería o deberíamos hacerlo pronto. He aquí, sin broma, el curriculum de la autora:

“Nacida y criada en Lee, New Hampshire, siguiendo los pasos de su madre que era estilista, Flynn-Hui se mudó a Nueva York a finales de los 80’s para seguir su carrera, “aterrizando” en un trabajo eventual en uno de los salones de belleza más respetados de la ciudad, el de Frederic Fekkai. Allí ella asombró al que sería su marido Kao Hui, estilista y ahora co-dueño del salón AKS, el favorito de las celebridades, donde durante los últimos ocho años Flynn-Hui ha realizado su magia en algunas de las cabezas más encantadoras de Nueva York”.

He aquí con la que la autora hace su magia en nuestras no tan encantadoras cabezas, o lo que viene a ser tradicionalmente, la SINOPSIS:

Greorgia Watkins hija de una madre soltera y la más moderna de su pueblo, Weekeepeemie, decide contra la voluntad de su progenitora seguir sus pasos y estudiar peluquería  para marchar a triunfar a Nueva York en compañía de su compañero de academia, Patrick, del que está medio enamoriscada. En la gran ciudad enseguida empieza a trabajar en el fabuloso salón de Jean Luc primero barriendo pelos y después como colorista hasta convertirse en una de las más famosas y dotadas de la ciudad. Ante sus manos y envueltos en papel de plata pasan los cueros cabelludos de actrices, modelos y grandes horizontales neoyorquesas…todo va viento en popa pero una sombra se cierne sobre tanta felicidad y no es la de un secador de pie: Patrick ha devenido gay y ella siente las características punzadas de soledad que todas las solteras de Nueva York sienten. Ante su sorpresa, un guapo italiano de la misma empresa, Massimo, se descubre como irremediablemente heterosexual circunstancia que les lleva a aparearse y a establecer una relación que les sirve a su vez para afianzarse profesionalmente. Tanta felicidad vuelve a verse amenazada por Jean Luc, el malvado peluquero jefe, que vende su negocio a un conglomerado para pasar a demandar a aquellos empleados que le abandonan, especialmente a Georgia, Patrick y Massimo. Las ricas damas neoyorquinas cuando se enteran de la felonía del decorador de testas corren a ayudar a los chicos y convierten su nueva peluquería en el sitio más chic de Nolita (North of Little Italy).

Siendo ya víctimas de este mal argumento como quien lo es de un mal corte de pelo, pasemos ahora a analizar los aspectos más reseñables de esta obra de 2005 cuyos derechos fueron comprados por la Disney para transformarla en película, aunque el proyecto, por ahora, siga durmiendo en el cajón de algún productor junto a jeringas de botox, bolas de cocaína y películas snuff pederastas:

FACTOR TRABAJO FEMENINO

Podríamos pensar que al ser una novela ambientada en el mundo laboral la importancia de este factor debería ser sobresaliente, y lo es si pensamos que todas las mujeres de la novela trabajan, si obviamos a las esposas trofeo que también abundan en la trama, pero que no oscurecen el hecho de que el trabajo suele ser un factor de satisfacción femenino, tal como le ocurre a la protagonista:

“Pero debo de decir que lo más grande que me sucedió durante aquellos años es que me convertí en una experta colorista de primera clase” (p.135). “Era una foto mía tamaño sello de correos que había salido en una revista femenina, donde se me nombraba la mejor colorista del año” (p.136). “¿Era budista zen? ¿Tomaba Valium? Yo creía conocer el secreto de su serenidad: Faith estaba concentradísima en su trabajo” (p.84).

Sin embargo, a pesar de ser importante, el trabajo al fin y al cabo no lo era todo, como bien aparece reseñado en distintos fragmentos:

“Bajo la fuerte iluminación de aquel bar comprendí algo sobre mi madre: estaba orgullosa de lo que yo había hecho, en el terreno profesional, pero quería que tuviese algo que ella no tuvo: un hombre con quien compartir su vida” (p.160). “Lo que me apetecía era llamar al agente inmobiliario e iniciar la búsqueda. Para mí eso era lo más excitante que podíamos hacer, pero temía que Massimo pensara que me estaba saliendo el típico carácter serio y superprofesional” (p.202).

 De hecho las bromas sobre las ejecutivas aparecen regularmente en todo el libro: “Una de mis clientas Manhattan-trabajadora-madre me ha enseñado fotos de la casa que acaba de comprarse en Litchfield County, pero no de sus hijos” (p.15).   Siendo esta una descripción característica de la mujer superprofesional: “T. exhibía aquellos dientes de porcelana, pero por regla general su rostro era tan duro y frío como una losa de mármol” (p.261).

SOLTERÍA FEMENINA

A parte de la protagonista, la novela tiene un personaje soltero principal, su madre, que fue abandonada por el padre de Georgia. Este es el personaje más positivo de todo el libro aunque queda claro que estar soltera no es la condición idónea para una mujer:

“No obstante ser una madre soltera que estaba criando a dos hijas sin ayuda de nadie, mi madre se consideraba afortunada” (p.33). “Ella no tenía a nadie, salvo a Melodie y a mí, y estando yo fuera, probablemente le costaba más entenderse con mi hermana” (p.48). Esta última afirmación me encanta porque es una actualización de esa frase del antropólogo Claude Lévi-Strauss “Los hombres se fueron a cazar, el poblado se quedó solitario, sólo estábamos las mujeres y yo” (gracias a Marta Cintas por la referencia). De hecho, la soledad de la madre de la protagonista queda más evidente cuando Georgia lleva a su novio a su pequeño pueblo para presentarlo a su familia: “Lo ha hecho en tu honor, supongo. No tenía un hombre en casa para quien guisar desde hace montones de años” (p.194). “Melodie se puso colorada, bueno, más bien magenta subido. No sé si se debía a las palabras de un chico guapo o al hecho mismo de que hubiera un hombre dentro de casa. ¿Cuándo había sido la última vez? Hurgué en mi memoria pero no pude recordar ninguna ocasión” (p.195). “Ninguna de las tres estaba acostumbrada a tener un hombre en la casa, y mucho menos a un hombre que recogía los platos y los lavaba, que improvisaba un flan con los ingredientes que mi madre tenía en casa” (p.197), lo que nos lleva al siguiente punto…

MASCULINIDAD

Massimo, el guapo italiano es el hombre de la novela, y con hombre me refiero al que al final le hace una hija a la protagonista, las descripciones referidas a él, qué decir, son de aupa:

“Massimo me tomó la mano al pasar, con la medida justa de presión, no tirando de mí, como hacían los chicos de Weekeepeemie, sino envolviendo mis dedos en los suyos, protectoramente, como diciendo: eres mía” (p.170). “Si hubiera visto el piso antes de aquella tarde, me habría convencido todavía más de que Massimo era gay. ¿Qué heterosexual que viviera solo lo hacía de esta manera? Nadie, que yo supiera. Seguro. Los heterosexuales que yo conocía no tenían el menor interés por ocuparse de sí mismos ni de su entorno. Dejaban montañas de platos sucios en el fregadero, toallas mojadas en el suelo del cuarto de baño, botellas vacías de cerveza en la nevera” (p.172). “Pero, para mí, lo sexy de un hombre –lo sexy de un hombre como Massimo- era esa confianza en sí mismo a prueba de bomba. Massimo no aparentaba: era quien era y punto” (p.189).

LOS OTROS: HOMOSEXUALES E INMIGRANTES

Por muy cerca que física o sentimentalmente pudieran estar, los otros, es decir, aquellos que no son heterosexuales, blancos y ricos, no pueden disimular su alteridad y la extrañeza que le causan a la protagonista especialmente los gays, que a pesar de ser posibles y apetecibles objetivos de depredación romántica se autoeliminan del mercado romántico heterosexual: “La gente que trabajaba en salones sólo salía con gente que trabajaba en salones. Todos los hombres que trabajaban en salones eran gays” (p.134). Dentro del campo de las sexualidad alternativas aparecen tres personajes principales, primero el transgénero que trabaja en la peluquería, Sweetie: “(…) el vestido subiéndole hasta las rodillas (unas rodillas que eran realmente lo único que le delataban: Sweetie era un hombre)” (p.23). “Sweetie, el travestí más glamuroso de todo Nueva York, era como la guía Michelin andante de los sitios más chulos de la ciudad” (p.180). Junto a Sweetie estaba Lois, una compañera de trabajo que aparece brevemente pero con una descripción contundente:“Era una lesbiana pintalabiada –expresión que yo no había oído hasta que Patrick la utilizó- y vivía conforme a esa descripción. Llevaba los labios perfectamente perfilados con su color carmesí personal (…) Se decía que estaba saliendo con una famosa actriz, famosa también por estar a voz en grito dentro del armario, pero nadie lo sabía con certeza” (p. 92-93). Y finalmente Patrick, amigo desde la escuela de peluquería de Weekeepeemie, un hombre discreto y guapo que luce una misteriosa cicatriz en la cara que vuelve loca a la protagonista: “¿Por qué?, gemía yo, por dentro, ¿Por qué tienen que gustarte los chicos?” (p.108). Pese a que ese impulso romántico se convierte en una amistad inquebrantable, Georgia, la protagonista le puede dedicar perlas como esta: “Patrick estaba más guapo que nunca. Cada año que pasaba en Nueva York –ya llevaba siete aquí- parecía sentirse más a gusto en su piel. Y me refiero, concretamente, a que no disimulaba ser gay, y ahora además manejaba dinero. Denle dinero a un gay y, créanme, se lo gastará en ropa” (p.187).

En cuanto a los inmigrantes, aparecen dos únicas referencias en un mundo de peluquerías que cobran a 150 dólares el peinado, por un lado cuando se nombra a “Paco, el chico para todo del salón” (p.92), y cuando más extensamente se habla de las empleadas rumanas:“Dio media vuelta y llamó a una de las rumanas chasqueando los dedos. Había media docena de rumanas que se ocupaban de hacer las manicuras, pedicuras y depilados. Allá en Bucarest, la señora que acudió rápidamente al gesto de Jean-Luc, era profesora de química” (p.84).

SOBRE LA INTELIGENCIA FEMENINA

Tal y como le pasó a la rumana profesora de química de Bucarest que acaba pintando uñas en Nueva York todo el libro transmite el mensaje de que la inteligencia femenina aplicada a terrenos tradicionalmente no femeninos es bueno… ¿cómo decirlo?… una anomalía. Lo que el libro resalta y valora es que las mujeres sepan vestirse, pintarse y decorarse, que sepan de trapos y de compras, y ojo, que sean negociantas, pero sin pasarse. Este mensaje se transmite claramente a través de Melodie, la hermana de la protagonista, con un cierto parecido a Carrie, salvo por lo de la telequinesis, y con la que la protagonista se contrapone y pone como ejemplo de que existen muchas formas de ser felices, la correcta y luego… las otras:

“Ella sabía de libros, yo sabía de la calle. Y si mis conocimientos mundanos podían ayudar a mi madre y a mi hermana, yo ya no quería más” (p.137). “Éramos dos tipos completamente distintos de bicho raro, Melodie y yo. Ella vivía en otro universo, un universo en el que por lo visto daba lo mismo si una se lavaba la cara o iba desarreglada. Melodie nunca miraba a la gente a los ojos y se paseaba por los pasillos del instituto murmurando para sí” (p66). “Yo sabía que mi madre se preocupaba por Melodie. Era demasiado inteligente, tanto, que daba miedo. ¿De quién había heredado los sesos?” (p.34). “Su vista no era buena (lo que, en parte, en parte explicaba su suspenso en las pruebas de conducir) y usaba aquellas gruesas gafas que le afeaban la cara. Se olvidaba de comer, y antes de un viaje largo en coche había que recordarle que fuera al baño, como una niña pequeña” (p.67). “Mi estrafalaria, sorprendente y listísima hermanita, a la que tanto quería y que me inspiraba más que nadie en el mundo un afán protector” (p.195). “Las chicas tipo empollona poseen una belleza propia, peripatética, y ella iba por ese camino. Pero ojalá me hubiera dejado hacerle unas mechas” (p.196).

BELLEZA

Tal y como comentaba en el power point de introducción, la importancia de la belleza corporal en este tipo de relato es máxima ya que la feminidad se define como cualidad estética: ser mujer implica tener un cuerpo sexy. Este presupuesto alcanza su máxima expresión en esta historia que transcurre dentro de una de las principales industrias de la belleza, la peluquería. A ese respecto son interesantes las descripciones que se hacen de modelos con las que se lleva a cabo un proceso de despersonalización (carecen de nombre) que lleva al despiece:

“Entraban contoneándose como cisnes en el salón, criaturas delicadas, inverosímilmente altas, con unos rasgos que convertían sus caras en algo único y hermoso. Labios hinchados, ojos azules de párpados caídos, una mata de rizos pelirrojos” (p.98). “Hablábamos de las clientas en estos términos, especialmente de las modelos. La cara. El cuerpo. La nariz.  Los labios. Como si cada uno de estos elementos fuera distinto e independiente de la persona” (p.109).

Descripción de belleza que rima muy bien con una que hizo el cabeza hueca de Karl Lagerfeld: “una silueta hecha con molde, de una estrechez increíble, con brazos y piernas interminables, un cuello muy largo y una cabeza muy pequeña. No hay que tener huesos demasiado gruesos. Hay cosas que no se pueden limar”. Estas modelos se convierten en referentes para todos los escalones inferiores en la escala de la sociedad del espectáculo y el verdadero y referente último y objetivo de todo el mundo, como podemos ver en la descripción que se hace de los trabajadores de la peluquería: “Traten de imaginar a un montón de gente- gente que vive para la moda y la belleza- que tiene que llevar todo el día pantalón negro y camisa blanca. Ahora imaginen a esas mismas personas desmadradas, con dinero abundante en un club donde pueden ponerse la ropa atrevida sin que nadie les diga nada. Al final, el local era un cúmulo de cuerpos relucientes y perfectos a golpe de gimnasio. Gente guapa que, por una noche, podía ser lo que quería: gente guapísima” (p.181). La belleza es la puerta no sólo para la diversión sino para un buen trabajo y es más importante que cualquier otro mérito: “Pasó de llevar el pelo abombado y excesivamente artificial, a u estilo fino y brillante con reflejos de un castaño dorado. Y fíjense, después de eso consiguió tres ascensos, uno detrás de otro, y ahora era la secretaria del director del banco. Es lo que hace un buen peinado. Se lo aseguro” (p.183). En ese ambiente, y con la importancia de ese atributo, la belleza corporal se convierte, literalmente en una droga: “Su estado de ánimo cambió por completo en cuanto le hube untado el mechón de cabello con mi fórmula, como el drogadicto que por fin consigue su dosis” (p.151).

ESPACIOS FEMENINOS

La peluquería es el espacio femenino por antonomasia donde pasan todo tipo de mujeres (de clase alta, se entiende) y que es descrito como un territorio conscientemente ginocéntrico, es decir, centrado en las mujeres, incluso en el terreno psicoanalítico: “el salón de belleza era como un club, el equivalente femenino de la partida de porque nocturna. Allí se cerraban tratos, se iniciaban contactos con escuelas privadas, los hijos eran prometidos a hijas, se recomendaban interioristas” (p.130). “Una iba al salón para instalarse cómodamente. Para sentirse arropada, protegida como dentro de un útero, mientras que la cuidaban y la restauraban como si se tratara de una obra de arte ligeramente dañada” (p.234).

CAPITALISMO

El capitalismo es el hilo conductor que une todo el relato ya que Rubias de Nueva York es la típica historia de la chica de pueblo que medra económicamente en el país de las oportunidades, y así lo explica su protagonista cuando descubre por primera vez Nueva York: “Todo estaba relacionado con el dinero. El dinero era la llave que abría toda clase de puertas mágicas. Yo no sabía cómo eran esas puertas ni qué se sentían al franquearlas, pero sí sabía que estaban allí” (p.34).  En ese recorrido por ver como se abren las puertas de la riqueza y de la fama, el trabajo de Georgia como colorista queda asimilado al de una artesana que trabaja para las señoras feudales (“como si se tratara de una obra de arte ligeramente dañada”) las riquísimas clientas, representantes de la élite mundial neoyorquesa, cuya descripción más usual es esta: “Era imposible que Roxanne no te cayera bien, o guardarle rencor por su buena fortuna. Era una chica grande y feliz que había conseguido vivir en la tienda de las golosinas de sus sueños, Y quería compartirlo. Con nosotros” (p.118). Por otro lado esa intención de compartir adquiere  a lo largo del relato una forma específica ya que varias de sus clientas se convierten en inversoras del nuevo negocio que va a montar Georgia transformando un recorrido sentimental sobre una chica de pueblo que descubre la Gran Manzana en una aventura mercantil que acaba tras muchas vicisitudes con la apertura de una acogedora y extravagantemente cara nueva peluquería: “Tres esforzados jóvenes de mucho talento-añadió excitadísima L.- en busca de su porción de sueño americano” (p.297).

5 responses to this post.

  1. Posted by Daseinseescribejunto on Març 25, 2012 at 11:16 am

    Maravilloso es instructivo. Qué criterio usaste para hacer la selección de novelas para el trabajo fin de master?

    Resposta

    • Posted by Daseinseescribejunto on Març 25, 2012 at 11:17 am

      E instructivo, quería decir.

      Resposta

      • Jejejeje… Dasein… cómo me gusta que me hagas esa controvertida pregunta… la verdad es que fui a mi libreria de viejo de confianza (en Cuatro caminos) fui a la sección de romantica, mire precios y me peleé con las señoras… mujer, sabía que tenía que leer ciertos títulos: Sushi para principiantes, Sexo en Nueva York y releerme Brigitte Jones… pero lo demás es terreno inexplorado… empecé por “Rubias de Nueva York” porque me pareció la peor novela que había comprado, y si podía aguantar eso, podía aguantar cualquier cosa… Pero la verdad es que debería buscar alguna justificación para mi corpus teórico… si se te ocurre algo…

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  2. Posted by madameolenska on Març 25, 2012 at 12:46 pm

    Impactadísima por la frase que has puesto de Claude Lévi-Strauss: “Los hombres se fueron a cazar, el poblado se quedó solitario, sólo estábamos las mujeres y yo”. ¿De verdad dijo esto el insigne antropólogo?

    Resposta

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