Cine D´Or (Valencia)

Uno de los grandes placeres de viajar con tiempo es practicar la “antropología del espectáculo”. Es decir, meterse en cualquier sitio donde echen cualquier cosa y ver como se lo monta el público. Haciendo eso, uno descubre que, por ejemplo, los neoyorquinos que son un pueblo muy templado y elegante, aplauden y aúllan en el ballet como si fuera un partido de la NBA. Una de las variantes más especializadas de la “antropología del espectáculo” es la “arqueología cinematográfica”, que no consiste en quitarle el polvo al celuloide (¡¡hola Chus!!), sino en experimentar como se veía el cine, no digo hace cientos de años, sino hace miles de millones de años. En mis viajes por los USA, he tenido la suerte de practicar este turismo especializado cuando pude ver Metropolis en uno de los pocos palacios de cine que aún se conservan, El Castro de San Francisco; y cuando hace un par de semanas mi amigo Pat Reeves nos llevó a ver el último Batman, The Dark Knight (Christopher Nolan, 2008), a un drive-in con su Chevrolet Impala de coleccionista, es decir, con su coche viejo. Todas estas experiencias, y la circunstancia de que me hayo viviendo en Estados Unidos, y por lo tanto no se me puede acusar ni de paleto ni de regionalista, me han llevado a esta conclusión: el mejor cine del mundo se encuentra en Valencia, a dos calles de mi casa, vamos a un tiro de piedra de donde ustedes se encuentran. Como ya habrán adivinado, les vengo a hablar del gran “Cine Estudio D´Or”.


El Cine Estudio D´Or es un sitio tan bizarro, extraño, peculiar y al mismo tiempo familiar, cercano y vernacular que si quieren más que cine deberíamos considerarlo anti-cine. Es decir, es un cine que nos habla de todo lo que actualmente NO es el cine. Un oxímoron de la distracción que rompe una de las reglas sagradas de Hollywood: “sólo hay espectáculo cuando hay negocio y sólo hay negocio cuando hay espectáculo”. En el D´Or, en cambio, sólo hay cine cuando hay suficientes ojos para verlo. Tan simple como eso. Pero no hagamos más poesía de la necesaria y analicemos paso por paso porque un sitio tan cutre rompe todas las reglas de la mercadotecnia cinematográfica, pareciendo que está a punto del cierre y la bancarrota para renacer cada temporada haciendo las delicias de los valencianos.


Pantallas: Una. Reconozcámoslo, la exhibición es la parte más débil de la ecuación del espectáculo cinematográfico. Una pieza que siempre está a punto de romperse y que depende de la caridad de los malvados distribuidores cuya cuota sobre las ganancias en la taquilla ronda el 80%. Incluso en países como Estados Unidos donde las cadenas de cine nacionales tienen una larga tradición, y donde se negocian mejores porcentajes, el cierre y la venta de locales no es nada extraño. Imagínense entonces la situación de exhibidores independientes como los del D´Or, que según tengo entendido (habladurías), pertenece a los mismos dueños del teatro Olympia que lo mantienen como si de un lujoso capricho se tratase, porque evidentemente NO hace el dinero que debería. Pero, bueno, como decía, una de las maneras de paliar esta penosa situación económica fueron las multipantallas, que si por un lado permitían a los exhibidores alojar más películas, haciendo que hubiera una mayor posibilidad de acoger algún éxito de público. Por otro lado, permitía a los distribuidores lanzar masivamente sus películas al mercado y sobresaturarlo.


Pero hagamos un poco de memoria sobre este modo de exhibición: allá por el año 1963, en un centro comercial de Kansas City, se abrió el primer cine multipantallas moderno, los Parkway Theaters, y al grito de “si funciona en Kansas, lánzalo al mundo” la moda de las multipantallas se expandió en las siguientes décadas. Las multipantallas se hicieron especialmente populares durante los años 80 en América con el boom constructivo de cines que corrió en paralelo con la construcción de centros comerciales (como sabrán la fórmula centro comercial + cine continúa funcionando). Actualmente las multipantallas es el único modo en que la exhibición se convierta en un negocio rentable y a él han sucumbido hasta los cines de arte y ensayo (Verdi de Barcelona, Albatros-Babel de Valencia), ya que, entre otras ventajas, ofrecen la posibilidad de convertir, literalmente, el cuarto de las escobas en una sala de proyección. Una sala de proyección, claro, donde el proyector nunca mira a la pantalla, sino que está a un lado o mira donde no toca y por lo tanto se proyecta con espejos, poleas y demás mecanismos que hacen que la película tiemble, esté borrosa, salté o las miles de cosas que le pueden pasar a una cinta iraní. Pero, en cambio, ahí esta el D´Or con su gran pantalla (un poco manchada todo es cierto), con su laaaaaarga sala, rematada por un segundo piso o balcón. Que no se ha reconvertido en una diminuta sala donde proyectar más películas, sino que se ha abandonado a los fantasmas y los espectros, donde dicen que hay niños salvajes paridos allí mismo, y que sostiene, al fondo, un proyector que se encuentra mirando donde tiene que mirar… ¡¡coño!!, pues al frente.

Además, la moda de las multipantallas no sólo es una cosa física, sino que influye en el comportamiento del público, favoreciendo el consumo rápido e inmediato de productos no perdurables. Es decir, el ver cine comercial se ha convertido en el equivalente de comerse una hamburguesa para los ojos; es de visionado rápido, caprichoso, y de digestión pesada. En plan: “me apetece ver Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull (Steven Spielberg, 2008), lo hacen en el multiplex a las 4, a las 4.15, a las 4.30”. Uno se presenta a cualquier hora, consume con los ojos, y se va a escupir a la calle, aunque la mierda que haya visto, probablemente, le de una mala noche. En cambio al D´Or, con su sesión doble a un precio popular, uno va, simplemente, a pasar la tarde. A dejarse estar, a sentarse incómodamente y a ver lo que te echen, o por lo menos, a ver lo que te echen junto con la película que has ido a ver.

Las multipantallas también influyen (y tienen su origen) en otro hecho, que, oye, también tiene que tomarse en cuenta: la atomización del público que se inició en la década de los 60. Algo que conviene matizar, ya que, aunque no podemos olvidar que los grandes éxitos de Hollywood actuales siguen estando pensados para atraer al mayor número de gente posible, y aunque tampoco podamos pasar por alto que el Hollywood clásico también hacía películas pensando en diferentes sectores (Paramount sus cosas sofisticadas para los urbanitas, la Warner más clásica para los paletos del medio-oeste, los dramas para las señoras…), aunque como decía, no podamos olvidar estas características la ecuación sigue siendo muy básica: una Pantalla es igual a un Público (P=P). Es decir, el cine actual dominado por esa ciencia del mal que es marketing, tiende a los nichos, que se convierten en multipantallas: la película de aventura para niños y jóvenes en la pantalla 1, la levemente independiente para adolescentes y 30añeros en la 5, todos con sus mini-pantallitas. Último y dramático ejemplo: Sex and the City (Michael Patrick King, 2008). Me imagino a uno de esos ejecutivos de Hollywood gritando: “¡¡¡Maldición, ¿por qué nadie me había dicho que las mujeres van al cine!!!”. La tendencia, claro, es a repetir el éxito y en la tele americana están anunciando al menos dos películas con un slogan muy parecido a este: “Llévate a tus amigas a cenar y al cine, y disfrutad de esta comedia sobre mujeres que…”. Sin embargo, como decíamos, el D´Or sólo tiene una pantalla, y con eso se recupera la ilusión de “Público” como comunidad. Y, ¡¡que público!!. Porque quién tiene tres horas que perder a mitad semana: jubilados, universitarios, parados, amas de casas, y “otros” que conforman un fresco de personajes muy felliniano. Porque el D´Or es definitivamente un cine muy felliniano, uno de esos con una atmosfera densa, con la gente medio tumbada, sin zapatos, corriendo para pillar los mejores asientos no numerados… a veces, la mayoría de veces, el espectáculo se encuentra enfrente de la pantalla.



Reestreno. Cuando decimos que el D´Or, un cine de reestreno, es una ventana a otros tiempos, lo decimos literalmente, porque “ventanas” es como llaman en Hollywood a los distintos modos de vender una película a lo largo de toda su vida comercial. Cuando una ventana se cierra, la de la proyección en cine, otra se abre, la de la venta en DVD. Lo único que pasa es que la ventana de “reestreno” pasó de moda, pues hace la friolera de 50 años, por lo menos en USA, el espejo ante el que todos deberíamos mirarnos. Actualmente, y cada vez con menos diferencia temporal, cuando se cierra la ventana de la proyección, se abre inmediatamente la del DVD, que es donde verdaderamente se seca tajada. Pero, en serio, ¿reestreno?. ¿Quién querría ver una peli ya vieja en un mercado saturado de novedades comerciales?. Además, ahora todos los cines son de estreno y todo el público está formado por estrellas.

Comida. Todos los libros que he podido consultar están de acuerdo: la mejor forma de sacar provechos netos para un exhibidor es vender palomitas (entre un 50 y un 80%). En serio, lean el famoso libro Popped Culture: A Social History of Popcorn in America de Andrew F. Smith. Sin coñas. ¿No se han fijado acaso que las multipantallas, que ofrecen una experiencia minimalista del cine como arquitectura, concentran todos sus esfuerzos de diseño en los puestos de venta de comida?. De hecho, una de las ultimas tendencias en el diseño de estos espacios es, según Robert L. Beacher presidente de la “Forest Bay Construction” (que se dedica a esta cosa de hacer cines), crear espacios modernos. Crear espacios modernos eliminado la pared del bar, pero manteniendo un ambiente familiar, como de living room para que los espectadores más mayores encuentren el ambiente agradable. Es decir dar un look nuevo a algo que recuerde a un cine de siempre. Además, que al eliminar la pared del bar se pueden hacer puestos de venta de comida circulares, que tienen una clara ventaja: aunque hagas cola siempre esperas ser el próximo. ¿No les recuerda esta descripción a algo?. ¡¡¡Malditos franceses y maldito UGC Cine Cite y sus trucos arquitectónicos!!!. En cambio, piensen en el franco D´Or, el cine sin reveses, ¿qué tiene a la entrada?. Dos máquinas de bebidas y aperitivos matadas y viejas, y que hasta hace poco, vendían cervezas a un euro. Una ganga. Podías ponerte ciego viendo la película aburrida que acompañaba a la que habías ido a ver. Pese a esas carencias en torno a las infraestructuras alimenticias, o precisamente por ellas, la gastronomía juega un papel importantísimo en el D´Or. Es decir, allí uno no compra comida, sino que se lleva el bocadillo de tortilla, o las empanadillas riquísimas, o las papas… y uno cena, oye, y cena bien, y cena barato y casero. Además que el D´Or tiene esa extraña costumbre de hacer que la gente cene siempre al inicio de la segunda película, a eso de las 9.30 o 10 que es la hora española de cenar. Y todo el mundo dice: “nos tomamos primero las papas, y cenamos cuando empieza la otra peli… espera que voy a por una cerveza”.

Sexo. Uhmmm, la parte que todos esperaban. Sexo, sexo, sexo. En el D´Or se hace sexo, como en cualquier sitio donde se encuentren dos o más seres humanos en mutua armonía. Pero en el D´Or el sexo es practicado a diario por unos feligreses muy respetables, casi míticos, que ocupan las últimas filas y que consiguen que no haya proyección despoblada: los pajeros o, por utilizar un latinismo a la altura, masturbatores. Unos caballeros muy amables dispuestos a toquitearte la entrepierna y que a mí siempre me han recordado a un poema de Jaime Gil de Biedma, uno que decía una cosa como “quiero vivir a la vejez entre las ruinas de mi inteligencia”. Estos aristócratas que viven paseándose entre las ruinas de su sexualidad, no sólo no son reprimidos por la dirección del lugar, sino que en cierto modo, en un cierto modo “extraño”, se dialoga con ellos a través de la programación. Porque lo que acaba convirtiendo al D´Or en una rareza inigualable, la guinda del lugar, es tener una programación muy peculiar y propia. Alejada de convencionalismos y snobismos, radical a veces, y tremendamente comercial otras…

Una imagen muy metafórica de lo que les queremos decir


P es de Programación y de Personalidad. ¿Qué se puede ver en el D´Or?. De todo, como en casi ningún lugar (en los multiplex hay mucha variedad de lo mismo). Es decir, la peli de autor que se cayó de la cartelera conviviendo con la comedia romántica, la peli china ¡¡¡a veces hasta subtitulada!!!, con la peli de acción americana, y por encima de esta variedad, un género, un género hasta podíamos calificar como propio: el delirio, el delirio erótico. Porque el D´Or que se contradice y respira como cualquier ser humano, es a la vez, un cine familiar y un cine, digamos, un poco verde. Es en definitiva como un viajante de comercio, buen padre pero que frecuenta prostitutas. Y a través de esas películas (pseudo)eróticas es como el cine habla con sus masturbatores, a ellos están dedicadas todas esas películas europeas que muestran con franqueza apéndices, penes y coños, con alegría, desenfado y milimetría. Bajo el manto, o mejor, bajo la chaqueta del cine independiente o europeo por esa sala han pasado películas pajeras como Intimacy (Patrice Chéreau, 2001), una coproducción francesa de dos que se juntaban a follar como perros pero sin decirse palabra, por no estropear las cosas y por no decir cosas en francés que siempre quedan aburridas. O Solo para clarinete / Solo für Klarinette (Nico Hofmann, 1998) un thriller erótico alemán, un autentico despropósito que recuerdo vagamente salvo porque cuando se estrenó ya parecía viejo, y que era una especie de TV-Movie venida a más, donde las pililas germanas, peludas y orgullosas, se veían incapaces de enmendar una historia tan idiota (al final al policía protagonista lo matan con un clarinete). O 9 Songs (Michael Winterbottom, 2004), ese laaargo video-clip porno, donde se follaba al ritmo de grupos que “vestían la camiseta indie” como diría el pavo de Radio 3. O El sabor de la sandia / Tian bian yi duo yun (2005), uno de mis musicales favoritos, y otra vez una peli de gente que folla sin hablarse, porque según he leído los personajes no tenían psicología, que es algo que ya ha pasado de moda en el cine alternativo. Y, si no tenían psicología, ¿qué pintaban en el D´Or?. Pues pintaban por la fisionomía, hombre, porque había coños, y sandias, y sexo; sexo con sentimiento y sexo que daba arcadas, para contentar a todos, a los masturbatores y a los intelectuales (no se sabe quién prefería qué)… Ay, y casi me olvido de… Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006).


El D´Or es un lugar maravilloso donde hacer una cosa maravillosa: ir al cine (y no ir a ver una película en concreto). Un sitio que me recordó un fragmento de un libro muy interesante que estoy leyendo Screen Traffic: Movies Multiplexes and Global Culture de Charles R Acland, donde se decía que ir al cine se debe comprender como una practica cultural.

“Las proyecciones públicas son ocasiones para comer, para saltarse las restricciones de la dieta diaria, para pagar mucho dinero de manera consciente por la comida, para picar y beber a escondidas, para encuentros y encontronazos sociales, para trabajar, para ligar, para juguetear sexualmente, para chismorrear, para marcar territorio y conseguir los asientos con calefacción, para amenazar a los espectadores ruidosos, para pelearse, para leer, para hablar de futuras películas, para relajarse, para compartir la experiencia de la pantalla con otros miembros de la audiencia, para miradas fugaces a posibles alianzas y lealtades de gusto, política o identidad, para estar muy cerca de extraños, para estar entre gente con ropa de invierno, para congelarte con un aire acondicionado excesivo, para aburrirte, para dormirte, para decepcionarte, para jugar, para excitarse sexualmente, para enfadarse, para dejarse caer, para cogerse de las manos, para tomar drogas, para hacer colas, para hacer llamadas de teléfono, para jugar a video juegos, para mirar tráilers, para hablar de lo que ha pasado o pasará después del cine, para tanto mirarse como olvidarse de uno mismo.


Podría continuar esta lista hecha deprisa quizás para incluir prácticas más imaginativas, subversivas, e incluso criminales pero creo que muchos se reconocerán en las anteriores. Aquí el cine es banal, erótico, social, indisciplinado; es un lugar cotidiano, diario, lleno de posibilidades reglamentadas e infinitas”.

Hablando de versiones (visiten el fantástico blog Cover garden) y de cosas favoritas, como el D´Or, disfruten esa maravillosa versión que he colgado de la original My favorite things en ME HA ENTRADO EN LOS OJOS

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  1. […] a través de Cine D´Or (Valencia) […]

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