¿Fue el cine posmoderno cosa de hombres?.

Ya saben las que me leen asiduamente que una de mis últimas obsesiones es el tema de la muerte del posmodernismo (cada una es cada cual). ¡¡¡Que el posmodernismo se nos muere señoras!!!. ¿Qué de qué ha muerto?.  Pues de un cáncer económico, de una crisis metastásica galopante que ha rematado lo que los atentados del 11 S empezaron. Si con los ataques terroristas del 11S se inicio en EEUU, cabeza imperial del mundo contemporáneo, la muerte de la ironía y una vuelta a unos valores estables y tradicionales del estilo de Dios, Patria y Tortura de Estado, con la crisis económica de la década siguiente ese pavor por lo ligero, lo insustancial y lo posmoderno se ha extendido hasta alcanzar a la vieja y tranquila Europa, que hasta ese momento se dedicaba a sus afeminados juegos intelectuales y a su economía hinchada. Pero vinieron los vientos de recesión y el patio dejó de estar para juegos y bromas. Y ese escenario de intercambio de productos, de dinero, de información, ¡¡¡de información, señoras, de información!!! (¿les suena lo de la sociedad global de la información?) que fue occidente durante las décadas de 1980 al 2008 se fue al garete. Y nos quedamos encerrados en unos países que creíamos que estaban en expansión pero que resultaron ser simplemente el extrarradio de la Europa del bienestar. Y ese fue tan sólo el principio de una serie de descubrimientos que aceleraron la muerte del posmodernismo y que han acabado afectando a los ámbitos más recónditos de nuestra existencia.

Unos jóvenes de los 80 fotografiados por Thomas Höpker celebrando el inicio del posmodernismo.

Unos jóvenes de los 2000 fotografiados por Thomas Höpker celebrando a muerte del posmodernismo. Encuentre las 7 diferencias.

Por ejemplo, si con el posmodernismo descubrimos, a través de la teoría queer, que todos podíamos ser hombres y mujeres, que el género era una máscara y que los bigotes y los dildos eran los complementos ideales para la mujer moderna, con la crisis económica descubrimos que hemos conseguido permeabilizar el concepto de género, pero que el concepto de clase continúa siendo tan impermeable como antes: da igual que te pongas un dildo y un bigote y te hagas llamar Ramón, que si has nacido pobre vergonzante, ahí te quedas, pobre y bollera. Además, vale, que sí, que nos cargamos el sujeto, bien, pero entonces… con qué peleamos señoras, qué lanzamos… ¿los dildos?…  yo es que chicas, no lo veo, y así se lo conté a María Ruido, que no es que lo diga a tontas y a locas, que se lo dije a una experta en el ramo, y ella me dijo de que sí, que a la Judith Butler la habían afeado en el New Left Review el no tener discurso de clase… y yo le dije “María, tía, a mi me afean en el New Left Review y me mu-e-ro, tía, me mu-e-ro”.

Pero vayamos al nudo gordiano que da origen a este artículo, porque ahora que el concepto de posmodernismo está agonizante conviene no ser incautas y no caer en ese genérico neutro de “lo posmoderno” y preguntarse: “pero… lo posmoderno, ¿qué fue?, ¿nene o nena?”. O para acotar mejor el concepto, para no atribuirle género a ideas filosóficas tan amplias, y por centrarnos en el análisis cultural, yo me empiezo a preguntar angustiado, pero… el cine posmoderno, ¿qué fue?, ¿nene o nena?, ¿se le ha de llamar el cine posmoderno o las película posmodernas?.

Crime fiction and ‘nasty’ postmodernism

Según un libro que me estoy leyendo titulado “Potsmoderm Chick Flicks” de Roberta Garret el posmodernismo, al menos el posmodernismo cinematográfico fue nene,  creció como un chico rudo,  y acabó convertido en un pandillero. Veamos lo que dice:

“La inclusión de dispositivos distanciadores y de encuadre, la mezcla de géneros o la referencias autoconscientes a formas o a películas anteriores [características todas del cine posmoderno] no es de ningún modo universal en el cine popular contemporáneo.  Y aunque estas características estén ligadas a acontecimientos históricos o socio-culturales específicos como la creciente disponibilidad de las formas de la cultura popular (a través del video, DVD, y la proliferación de canales de televisión), la recirculación de películas antiguas y a la expansión del lenguaje académico de los estudios cinematográficos, los elementos narrativos y estéticos identificados como posmodernistas están ciertamente más marcados en unos ciclos particulares.  La crítica de cine posmoderna ha asociado persistentemente estas características con textos fílmicos con altos niveles de violencia, con un tratamiento despectivo y a menudo abusivo de las mujeres y con una descripción de la subcultura criminal masculina: ciclos que Paul Gormley ha definido recientemente como ‘the new brutality film’ (el nuevo cine brutal)”.

Lo que la Roberta Garret nos viene a decir es que en los últimos años para reconocer una película posmoderna, una película posmoderna de malotes, uno tenía que usar un montaje rápido, una banda sonora retro soul/jazz y un interés temático en la cultura de bandas masculina, lo que viene a ser propiamente una película de Quentin Tarantino. Claro que a éste se le juntan otros directores o películas con demostraciones explícitas de violencia, empezando por Reservoir Dogs (Tarantino, 1992) Blue Velvet (Lynch, 1986), Natural Born Killers (Stone, 1994) y American Psycho (Harron, 2000) y ahí no queda la cosa que la señora continúa…

“La asociación de características posmodernistas con cine masculino (u orientado a una audiencia masculina) abarca el trabajo de directores de culto y experimentales como David Lynch, Quentin Tarantino, Martin Scorsece, David Fincher y Michael Mann así como películas de acción mainstream como Die Hard / La jungla de cristal. Por ejemplo, en la década de 1980 hubo un enorme interés crítico en el trabajo de David Lynch como autor posmoderno, de la mano de críticos como  Fredric Jameson, Tim Corrigan y Norman Denzin que elogiaban su trabajo como una alternativa innovadora al reciclaje soso y a las referencias vacías de las típicas producciones blockbuster de finales de los 70 y principios de los 80 como La guerra de las galaxias o Indiana Jones.  Los grandes éxitos de Quentin Tarantino – Reservoir Dogs y Pulp Fiction – recibieron una respuesta similar, a menudo de críticos varones que o bien ignoraron completamente los aspectos misóginos o los vieron como algo negado por las películas a través de la ironía o el juego autoconsciente.

Dada la articulación regresiva de las relaciones de género/poder dentro de estos textos (especialmente del tratamiento sexual sádico de Dorothy Valens –interpretada por Isabella Rosselini- en el clásico posmodernos Blue Velvet) no es sorprendente que la discusión crítica inicial de las relaciones entre feminismo y posmodernismo estuvieran centradas en el aparente deseo de excluir u ofender a las audiencia femenina (Creed, 1987: 47; Taubin, 1992; Shattuc, 1992; Layton, 1994). Análisis más recientes del cine posmoderno (realizado tanto por críticos hombres como mujeres) tienden a prestar una mayor atención a la articulación de género de este estilo, pero la asunción subyacente de que existe una afinidad entre las películas de orientación masculina, a menudo violentas y de estética posmodernista ha permanecido estable.

Algunos estudios recientes han llegado tan lejos hasta definir el cine posmoderno específicamente como una forma que se ha erigido para hablar, para articular la condición problemática de la masculinidad en el mundo posmoderno. Esta visión ha sido prevalente en respuestas cinematográficas que son especialmente autoconscientes del tratamiento de la masculinidad como en la película de David Fincher El club de la lucha/  Fight Club (Fincher, 1999).  Christopher Sharrett describe El club de la lucha como “el film más convincente sobre la histeria masculina en la cultura tardo capitalista”. De modo parecido, Alexandra Juhasz sugiere que el film señala que la “la condición posmoderna es, según se nos presenta, fundamentalmente una condición masculina que incluye nada menos que la pérdida de masculinidad… El club de la lucha se centra en una mundo-de-hombres completamente habitado por subhombres, causi-hombres, hombres inciertos, hombres-en-proyecto”".

La noción de que gran parte del cine posmoderno, violento y centrado en la masculinidad, señala de manera inconsciente la desestabilización de la identidad masculina en la sociedad posmoderna, parece completamente plausible dado las formas de masculinidad agresivas e hiperbólicas que encontramos en estos films. Tal como los críticos  Sharrett y Juhasz han sugerido, eso es más una respuesta al declive de los trabajos tradicionalmente masculinos en la sociedad postindustrial y la castración /emasculación de los hombres como nuevo consumidor de productos relacionados con el cuerpo, que una reacción a los avances feministas  (Sharrett, 2001; Juhasz, 2001)”.

A partir de ahí, y por no liarnos más, la autora va señalando como introducción de su libro, que se titula “Posmodern chick flicks”, es decir, “Pelis posmodernas para chicas”, que los ciclos de películas dedicados a las mujeres, los ciclos femeninos, también utilizaban recursos posmodernistas, como la recuperación de la comedia romántica de los 50 en Abajo el amor o del melodrama de los 50 en Lejos del cielo o Mildred Pierce ambas de Todd Haynes, por no hablar de la ironía o las referencias a Jane Austen en El diario de Bridget Jones, salvo que los críticos de cine nunca han visto estas películas como “guays”, “cool” o “dignas de estudios”… La autora continúa:

“Con esto no quiero sugerir que los autoconciencia o ironía [de estas películas] elimina el énfasis reaccionario en el amor y en el matrimonio de estas películas, de la misma manera que muchas críticas feministas podrían argumentar que la brutalidad, la violencia y la misoginia en el trabajo de Lynch, Tarantino o Fincher resultan inofensivas por el carácter de comedia negra y las alusiones que saturan estos filmes. Pero, del mismo modo que la preocupación con la masculinidad brutal y excesiva en el posmodernismo “malote” señala las relaciones entre las fantasías masculinas de omnipotencia y la evidente desestabilización del poder masculino, la distancia entre las viejas nociones cinematográficas de familia y los hábitos sexuales contemporáneos inevitablemente enfatiza cambios en percepciones socio-culturales de género y poder”.

 

Como supongo que ahora mismo estáis pensando “menudo peñazo nos ha metido Palomitas”, me gustaría defenderme y señalar brevemente por qué me ha parecido muy interesante este capítulo del libro  “Potsmoderm Chick Flicks” de Roberta Garret: primero porque al señalar que el cine posmoderno está basado, al menos críticamente, en ciclos de películas para chicos, desmonta ese categórico neutro de “el cine posmoderno”, señalando que deberíamos calificarlo como “el cine para chicos posmoderno”. El segundo aspecto interesante reside en señalar al posmodernismo como “esa condición masculina basada en la pérdida de masculinidad”, ya que desde la década de los 80, el cine está lleno, pero lleno, de películas de masculinidades violentas que de algún modo expresan los cambios en nuestras sociedades, en la que hemos dejado de ser productores para ser consumidores. Tomando dos ejemplos aleatorios, ciclos como Rambo o Terminator, especialmente este último que une la masculinidad cafre con la robótica mostrando el miedo a la mecanización progresiva de ciertos ramas industriales (por ejemplo, la de coches en EEUU), se crearon en ambientes de liberalismo caníbal, donde Estados Unidos e Inglaterra bajo Thatcher y Reagan desmontaban el tejido industrial, cerraban fábricas y empobrecían zonas enteras de sus países (Roger and Me de Michael More siempre me ha parecido una sesión doble estupenda para Terminator). Otro ejemplo de masculinidad cafre y pandillera en contexto económico difícil: el cine kinky español. Marco general: crisis del petróleo de 1973, España que pasa de ser un país de mano de obra barata a una pagada decentemente gracias a la aparición de los sindicatos y reforma laboral, multiplicación del paro juvenil, 1 de cada 2 jóvenes menores de 25 en paro…

Por último, la definición de posmodernismo como “esa condición masculina basada en la pérdida de masculinidad” explica como el neoliberalismo que estamos viviendo en los últimos años ha remasculinizado la sociedad al mismo tiempo que está acabando con los medios tradicionales de subsistencia masculina, ejemplo de ello,  es el cierre o traslado de fábricas o el parón en la construcción. En esta situación…¿qué puede pasar con los productos culturales?. Pues como dudo que entremos en una era de Acuario donde todos nos pongamos en contacto con nuestra parte femenina, probablemente se van a recrudecer los mensajes machistas, esta vez, despojados de la ironía y pasemos directamente a financiar, rodar y disfrutar de Rambo, a la vez que quemamos contenedores a la salida del cine. Estén atentas a sus pantallas.

Election day: Hail to the chief, bitches!!!

Las críticas de los viernes (si las hubiere).

A partir de hoy, y gracias a la ayuda de María José que me las escanea fresquitas, les pasaré por aquí mis críticas cinematográficas que publica religiosamente la Cartelera del diario El Levante EMV por si ustedes al estar situados en otro punto de ese crisol de culturas atávicas que es España no me les pueden leer. Y empezamos la sección, la verdad, de la peor manera posible, con dos peliculones de esos que entretienen a la vez que escandalizan, sobre todo el primero, La saga crepúsculo: Amanecer (Parte I) (2011) que me hizo salir del pase de prensa dando gritos de vivas y hurras a la censura y empuñando una pistola de chica de esas tan monas, esas que se ponen en la bota, y reclamando la presencia de los responsables de la película o sus representantes en esta tierra para pasarlos por las armas.

 

Palomitas conferenciante.

BANDAS SONORAS

Queridas amigas, les quería informar de unas jornadas de harto provecho para las personas de corte moderno e intereses variados como son ustedes que en definitiva leen esta blog. Además unas jornadas que han tenido el buen gusto de invitarme, para que suelte mis necedades y mis tontunas sacándome de la miseria laboral y humana en la que vivo. Unas jornadas que además ya se están celebrando, así que ya me están tardando… Las primeras de ellas son unas jornadas de la Universidad de Valencia sobre cine, musical y la cosa joven llamadas “Banda sonoras”, aquí les pongo el menú…

Cómo pueden ver, estoy rodeado de relumbrones y astros de la cosa fílmica y la cosa musical, como el maestro Eduardo Guillot redactor del único medio modernista dentro del País Valenciano como es su clásica sección Neo dentro de la cartelera del Levante:

Además de batirme intelectualmente con el historiador Marc Baldó en una sesión preciosa llamada “Rebelión y frivolidad” (adivinen quién hace de qué… ¿pero aquí quién hace de Rebelión y quién hace de Frivolidad?), me ayudaran a introducir las películas y probablemente me refutaran amarga y violentamente la señorita María Ángeles y la señorita María. Como aperitivo uno de los fragmentos que asentarán mis afirmaciones:

LA  ACTUALIDAD A DEBATE DESDE LA PERSPECTIVA DE GÉNERO

Por otro lado, en febrero, el Seminario Interdisciplinar de la Mujer Universidad de Zaragoza (SIEM) me ha invitado a uno de sus seminarios de formación continua para que imparta una charla inspirada en hechos reales. Más concretamente en el texto sobre nuevas masculinidades y videoarte que escribí para la página web de la distribuidora Hamaca, y después en mi elaborada propuesta personal para asesinar mi masculinidad… todas las películas basadas en hechos reales cuentan asesinatos o desapariciones. A mucha gente le resulta irónico que alguien que haya fracasado constantemente en su labor de devenir hombre vaya dando conferencias sobre ello, pero mire, se puede aprender mucho de los errores…

Allí pondré vídeos, hablaré del bricolaje de la masculinidad, haré asombrosos juegos de cartas y bonitos trucos. Especialmente mi número estrella consistente en que las amigas del blog Rudax me taparán los ojos y adivinaré el género de los y las asistentes a través de su DNI (eso sí, sólo lo puedo hacer con DNIs electrónicos)…

Friends en el fin del mundo.

¿Se acuerdan de esa simpática serie televisiva de un grupo de amigos, así en la treintena, que eran como guays y quedaban en un bar?… ¿Esa serie que puso de moda un concepto tan idiota como el de los Bobos, los burgueses bohemios?… sí, esa serie que se llamaba Friends, sí, hombre que la canción de decía una cosa así como: “I’ll be there for you, when the rain starts to pour, naninaniana / I’ll be there for you, like I’ve been there before, nananainamai / I’ll be there for you, cause you’re there for me too.”

Y daban unas ganas locas de ponerse a saltar, dando grititos, junto a esos jóvenes profesionales que ganaban dinero a espuertas y tenían sus encuentros y desencuentros amorosos…  ¿Ya se centran?… ¡Ah!… ¿qué eran fans?… Pues uno de los datos que los fans de esa serie suelen olvidar porque fue conscientemente velado es que esa su emisión coincidió espacio-temporalmente con los atentados del 11 S (se emitió hasta el 6 de mayo de 2004). Esos atentados que dieron lugar a este nuevo orden mundial (con el que hemos empeorado), y que incluso tuvieron su repercusión dentro de la propia teleserie, que acabó censurando un episodio en el que se hacían bromas sobre la seguridad de los aeropuertos, creando así una ciudad blanca, mágica y burguesa donde los atentados nunca sucedieron:

Pues la imagen de la que les vengo a hablar hoy toma ese mismo espíritu relajado e inocente de cualquier escena de los protagonistas de Friends y los proyecta a la realidad sobre un fondo de destrucción, muerte y paranoia.  Esta foto, que se ha convertido en una de mis fotos favoritas de la década pasada, la descubrí recientemente en este artículo de The Guardian, aparecido dentro de una maravillosa sección de fotografía llamada Framing the debate en la que Jonathan Jones desvela, analiza y exprime fotos contemporáneas hasta sacarle todo el jugo posible. Según nos cuenta Jonathan Jones esta foto es obra del veterano fotógrafo alemán Thomas Höpker, miembro desde hace décadas de la Agencia Magnum, de la que fue presidente entre el 2003 y el 2006. Siendo uno de los grandes fotógrafos que documentaron la destrucción de las Torres Gemelas ese fatídico día, publicándolas en prensa y posteriormente en distintas monografías, entre las cuales no se encontraba esta foto, que tuvo que esperar a 2006 para ser publicada, pues su autor pensaba que hasta pasado un tiempo ni el horno para bollos, ni América para imágenes que distorsionaran el terror de esos días. ¿Qué es lo que vemos en esa foto para ser condenada a tantos años de ostracismo?. Vemos a un grupo de jóvenes, relajados, modernos, tomando el sol en uno de los parques de  Williamsburg el barrio hipster de Nueva York. La foto, como ustedes ya habrán pensado, bien pudiera ser la de una campaña publicitaria, una de esas que nos intenta vender ropa o quizás algo más inmaterial como una actitud, ya que los jóvenes retratados en ellas aparecen relajados, en posturas despreocupadas y vistiendo una ropa moderna y cortita para ese septiembre caluroso de 2001… quizás hasta alguno de ellos llevé una camiseta irónica, con un lema divertido, una de esas que te hace parecer un paleto, pero de una manera tan cool que sabes que quien lo lleva es guay… no sé si me explico…

¿Cómo describe esta escena el propio autor, Thomas Höpker, que de algún modo poderoso se vio impelido a retratarla? Pues con un lacónico: “la gente joven de la foto no es que sean necesariamente callosos (endurecidos). Es que son simplemente americanos”, con lo que viene a afirmar, según sus propias palabras, que Estados Unidos es un país que le gusta pasar página y que la pasa cuanto antes mejor. Que vamos, dicho así, y teniendo esa perspectiva de las Torres Gemelas a punto de desmoronarse da la sensación de que en verdad quiere decir que la capacidad de atención de la nación es más bien corta, y que ya no saben qué hacer para llamar la atención. “-¿Has visto las Torres Gemelas desmoronarse? – Yo es que paso la verdad”. Los implicados al conocer que su actitud había quedado petrificada como si se hubieran girado para ver la destrucción de Gomorra (algo que justamente estaban evitando), y se había convertido en una foto icónica de principios del milenio también se defendieron. Walter Sipser (el chico que está de espaldas) dijo que en aquel momento estaba en profundo estado de shock, y una de las chica  en una carta a los periódicos expuso que era neoyorquina de tercera generación, que sus padres eran arquitectos y artistas y que “habían contribuido al paisaje de esta ciudad” y que por lo tanto “tenía conocimientos de los edificios de mi ciudad natal y la de mis amigos de infancia (irónicamente, hasta mi madre ha trabajado con Minoru Yamasaki el arquitecto de las Torres Gemelas”). Y un giro dialectal muy de la época (muy de principios del 2000), consistente en una actitud completamente desafecta combinada con una discurso grandilocuente afirmaba: “ Soy una fotógrafa profesional y ese día no toqué una cámara. ¿Por qué?. Por muchas razones entre las que puedo incluir una obvia: (…) para mantener mis dos manos libres, sólo en caso de que pudiera hacer algo que alterara el día o que afectara a una vida, para vivirlo cada nanosegundo en cada una de mis moléculas de mi cuerpo, en vez de colocar unas lentes entre mi misma y el momentos (suena muy calloso, ¿eh?)”. Terminando el discurso con una afirmación solemne de que ella jamás retrataría a nadie sin decirle “mira al pajarito”, o sea, sin pedirle permiso (pueden leerlo en esta página).

Ahora, yo me pregunto, si tú estás con tus colegas tomando el sol, una tarde tranquilamente,  aprovechando que te han cerrado la cafetería eco-orgánica de  Williamsburg donde trabajas porque el mundo se va a acabar, y viene un fotógrafo y te dice “mira al pajarito” en esas circunstancias… ¿tú qué haces?. Lo normal sería ponerte a rasgarte la ropa de marca, la camiseta irónica, revolcarte por el suelo, y soltar unos “ayes” y unos “oyes”, acompañados de maldiciones al moro sedicioso. Pero lo excepcional, que es lo que no sale en los periódicos, es que te bajaras al parque, como de hecho hice yo, para ver a Rosa, a Angel, Dario y la Pere y comentar la última superproducción apocalíptica, y mantener conversaciones  como las que cuenta Grace Morales en su libro “Otra dimensión” al relatar cómo se vivió el 11S en un típico bar madrileño: “Pero ¿qué terroristas son? Coño, los de siempre, los de la Guerra del Golfo… Qué sabrás tú… Lo mismo han sido otros que ni te imaginas… Pero ¿qué dice este? Esto han sido los de Irak… Yo creo que esto ha sido cosa de la CIA… Los de Irak, los de Irak… ¡Afganistán, macho, ni puta idea, que lo están diciendo y no os enteráis de nada! Callarse que no se oye la tele… Van a caer bombas por todas las partes- Estos no se van a quedar así como así, ¿eh?”… pues quizás la conversación que mantienen estas personas modernas, seguramente con otros dejes y otros giros discursivos no disten tanto de ese fragmento del libro de Madam Morales. Lo que es seguro es que no nos mola nada, pero nada, que la gente retratada en trágicos acontecimientos no parezcan víctimas, que no les veamos con la cara ensangrentada, con un rictus histérico deformante o con un muñón en un brazo… aspectos macabros que ponen distancia entre nosotros y el terror.

Porque es precisamente ese contrato de cercanía que hemos establecido con la imagen publicitaria lo que más nos molesta de esta foto: hemos aprendido que cualquier chico guapo o chica guapa situado en un entorno de modernez internacional podríamos ser nosotros, y desde luego no nos gustaría serlo en un spot que transcurre en una ciudad atacada por terroristas. En un blog (que cerré apresuradamente, lo siento) encontré como comparaban muy acertadamente esta foto con esta otra:

Y aquí me repito de un post anterior: “esta foto ganadora del premio World Photo Press de 2006 de Spenser Platt saltó a las primeras páginas de la prensa para ilustrar los bombardeos del Líbano. Viendo la escena que en ella se representa todos los textos que acompañaban a la foto iban en el mismo sentido: la deshumanización, el espectáculo de la guerra, aquellas personas guapas y modernas en un descapotable retratando las atrocidades del bombardeo, qué eran, ¿turistas?…porque no parecían pertenecer a la raza humana… Este equívoco se mantuvo hasta que Platt escribió a los principales periódicos señalando que no, que eran víctimas.  Que una de las chicas del coche buscaba a su familia, mientras que la otra retrataba con el móvil la casa destruida en la que habían vivido (quizás para luego comprobar que lo que había visto era real). En serio, ¿victimas?… quiero decir, están buenas. La rubita de primer plano tiene un buen polvo. Quiero decir, las víctimas son siempre unas viejas con pañuelo en la cabeza y dientes de oro, gente pobre, que vive lejos y muy probablemente ignorante… y las de las fotos, ¡¡madre mía, que jacas!!!”.

Otra de las comparaciones que se  han establecido (por lo menos la establece Jonathan Jones y esta sección del New York Times llamada Everyone´s a critic) con la foto de Thomas Höpker es la que se hace con el cuadro de arriba, el famoso, Paisaje con la caída de Ícaro de Pieter Brueghel el Viejo y que muestra una escena cotidiana de la vida de un agricultor, enmarcado por un paisaje anodino pero realista donde, sin embargo, está ocurriendo uno de los grandes hechos trágicos de la mitología: Ícaro ha volado tan cerca del sol que sus alas de cera se han derretido. Un cuadro que a la vez inspiró un poema de W. H. Auden Musée des Beaux-Arts que he extraído de este blog:

Sobre el dolor jamás se equivocaban
los Antiguos Maestros: comprendían muy bien
su expresión en el hombre; cómo ocurre
mientras algún tercero está comiendo, o abriendo una ventana
o simplemente caminando por ahí;
cómo, mientras que los ancianos esperan con pasión y reverencia
el nacimiento milagroso, siempre debe haber chicos
sin interés particular porque aquello suceda, patinando
en un lago adonde empieza el bosque:
y tampoco olvidaban
que el terrible martirio debía seguir su curso,
aun en otra parte, en un rincón mugriento
donde los perros siguen con su vida perruna y el caballo
del torturador
se rasca su inocente trasero en algún árbol.
Por ejemplo, en el Ícaro de Brueghel: cómo cada elemento
da la espalda al desastre despreocupadamente; quizás el labrador
escuchó el chapuzón, el grito ahogado,
pero eso para él no era motivo de inquietud; el sol brillaba
como debía brillar sobre las piernas blancas que desaparecían
bajo las aguas verdes; y ese barco, tan caro y elegante,
que ha de haber asistido a algo asombroso, un chico desplomándose del cielo,
tenía que llegar a algún lugar, y siguió navegando mansamente.

Para terminar y aportar mi grano de arena, creo que evidentemente una gran parte de la inquietud que nos produce esta fotografía está basada en la misma desazón que nos produce Paisaje con la caída de Ícaro. Es decir, ambas imágenes subvierten la jerarquía de géneros al igual que lo hace la foto de  Spenser Platt:  en el caso de Thomas Höpker el género del paisaje y el género pastoral domina sobre la fotografía de guerra, y en el caso de  Spenser Platt la fotografía de moda domina sobre la fotografía de guerra. Pero me gustaría poner el acento en el carácter pastoral de la foto de Thomas Höpker, porque si bien esta foto puede rimar con la obra maestra de Édouard Manet El almuerzo sobre la hierba en cuanto a la pose irónica de los retratados, soñando con sus café latté mientras el Fin de los Días está ocurriendo:

Para mi ojo crítico, la foto de Höpker rima con esta obra del pintor barroco Giovanni Francesco Barbieri Guercino titulada Et in Arcadia ego en la que unos pastores de la Arcadia descubren una calavera en medio de ese paraíso (fiscal de principios de milenio), comprendiendo que la muerte puede llegar hasta  NYC. Para mí esta foto es una obra pastoral de muerte y melancolía, es el último picnic irónico, la muerte de la posmodernidad, la vuelta a los valores tradicionales, incluidos los visuales. Después de ese momento, todos viviremos envueltos por el humo. No vemos el sol.

Ciertos tonos del ocre: la figura pública de Alberto Fabra.

Hay gente que, la verdad, no es muy significativa visualmente y esa situación, creedme, tiene mal remedio salvo  buscarte un disfraz, o sea, convertirte en otra persona (a otras en cambio, se nos reconoce en la lontananza y nos sacan coplas, que también es triste: “¡¡¡ahí, viene la Palomitas!!!”). Porque lo bueno de esa cualidad, de la significancia visual,  es que no se adquiere ni a través de la fama, el dinero o el poder, sino a través de la pose y la apariencia natural, vamos que se tiene o no se tiene. Voy a poner un ejemplo para explicarme mejor: uno puede estar en un vagón de metro lleno de gente en la línea gris y tener al lado a un joven del mismo color y sentir ante esta persona de súbito (prono) una revelación estética comparable al de un turista ante la Capilla Sixtina.  Y  abalanzarte sobre él para abrazarlo, porque a las obras de arte no se les puede tocar pero a las personas sí,  y decirle: “Usted mi querido amigo debería figurar como ilustración a pie de página del artículo Hastío en la juventud del nuevo milenio en la Enciclopedia Ontológica del Conocimiento Universal”.

Pero hay gente que no, que no te dice nada, porque parecen no tener relación con ningún concepto, y vagan por el mundo como gente sin sombra. La cuestión es que esta dolencia inexpresiva puede darse entre gente rica y famosa, pero se da especialmente entre altos mandos de la cosa política, esos funcionarios de provincias venidos más, esos señores de Valladolid entre cuyos logros podríamos encontrar el haber transportado con éxito la burocracia bancaria a la cosa pública… en fin, ya me entienden. Últimamente y en mí proyecto de progresivo análisis de la hiperburguesía, y de su rutinario ordeno, mando y recorto, estoy fascinado por la insignificancia visual de nuestro “molt honorable President de la Generalitat Valenciana Sr. D.” Alberto Fabra. Que ocupó tal puesto, ustedes lo recordaran entre risotadas, a los meses de que Francisco Camps fuera elegido para el mismo y tuviera que salir por la puerta grande entre gravísimas acusaciones y solemnes declaraciones de sacrificio. Vamos, una risa. Total, que quizás por semejante sainete, quizás porque provengo del mismo ambiente cultural que D. Alberto Fabra, pues a mí, chica, no me dice nada, ni fu ni fa… pero oye, como presidente mío que es, algo tendré que decir, vamos digo yo.

Pero...¿ya le han hecho muñeco de cera?...

Angustiado por si había perdido mi capacidad de análisis y andaba por el mundo tuerto que para mí es peor que andar cojo, utilicé como medida de urgencia el método warholiano patentado de la vision serigráfica. Veran, la loca de Andy Warhol que para mí es Deu nostre Senyor, inventó un modo de sacar dinero a la gente rica haciendo serigrafías de grandes iconos de la cultura. Lo que es curioso es que poniendo estas imágenes unas al lado de otras, estos iconos completamente planos adquirían verdadera profundidad: no eran más que pura apariencia. Así que guiado por el espíritu de Warhola puse en el google imágenes  las palabras mágicas “Alberto Fabra” y me dispuse a analizar la serigrafía electrónica resultante:

Fantasmagoría fabriana.

Viniendo como vengo, tanto intelectual como  sexualmente del campo de la historia del arte no pude como menos que extasiarme por la cantidad y la calidad de ocres de la piel de este señor. ¡¡¡Que maravilla!!!, ¡¡¡que gradaciones!!!… A veces su piel tenía las tonalidades de un atardecer lluvioso en un paraje de suelos rojizos o castaño-rojizos. Esos suelos saturados de óxidos de hierro, elemento que parece estar también en la sangre de nuestro Presidente, ya que su carácter coincide con el de estas superficies como si tuviera un matiz edafológico: “está bien drenado, no es húmedo en exceso y es fértil”, palabras que bien podrían definir al Gran Timonel de esa embarcación a vela que es la Comunidad Valenciana.  Esa cualidad plástica de nuestro Máximo Burócrata enmarcada, eso sí, en un entorno adecuado podría incluso remitirnos a obras maestras del arte como el cuadro Sunset de J.M.W. Turner.

Sunset de Turner.

Claro que ahora tenía que averiguar qué significaba ese color de piel en esa persona en particular. Lo primero que me vino a la mente es que tenía ese color de piel porque era un trabajador incansable, y que sus labores transcurrían principalmente bajo el inmisericorde sol valenciano que ha sido este año capaz de convertir octubre en agosto. Muchas de las fotos que encontré así lo confirmaban…

Buena, ésta no, pero comparen los colores de tez...

Aunque en seguida desestimé esa idea ya que desde época egipcia hasta el SXIX, el moreno obrero no era signo de distinción social sino todo lo contrario: la persona de piel morena pertenecía a las clases bajas y su trabajo era agotador.  ¿Qué significaba, pues, esa paleta de marrones que nuestro lucía nuestro Sastre del Poder (si es que heredó tal título de Francisco Camps)?. Y buscando la razón por la cual esos marrones que refulgían con fulgores indelebles en la piel de Alberto Fabra llegué a conprender ontológicamente, ojo, ontológicamente, es decir, in toto su figura.  Alberto Fabra era un veraneante, un veraneante del poder y su color de piel demostraba el mucho tiempo que pasaba tostándose bajo los rayos de los poderosos. Ese punto también me explicaba porque aparentemente no existían diferencias significativas entre las fotos “oficiales” de su trabajo como político y las “no oficiales” descansando.

"Pero... ¿tú no estabas de vacaciones?" parece preguntarle la niña.

Lo que me parece fascinante es que este carácter relajado, amable, simpático, esa cercanía como de ir con chanclas que  intrínsecamente posee su figura se trasmite e impregna todas sus apariciones públicas. Vean esta foto con el Rey en el desfile de las fuerzas armadas y aprecien su expresión. Su lenguaje gestual no dice “Estoy representado a todos los valencianos en este importante acto institucional” sino que expresa “¡¡¡Coño!!!… ¡¡¡me he encontrado con el rey!!!… cuando se lo cuente a la Mari, ay, ay no se lo va a creer… y que campechano y que alto es”.

O tomen esta otra foto, muy bonita también, del funeral de un antiguo alto cargo de la administración valenciana y vean su pose que es que solo le falta la cerveza, las olivas y los boquerones en vinagre.

¡¡Ojo!!… y no es que yo critique esa actitud ni mucho menos, yo mismo soy una persona muy relajada (más me vale con la gran cantidad de paro que hay). Es más, no sólo no lo critico sino que francamente aplaudo su actitud de veraneante y veo en ella una de sus máximas virtudes, y el modo en el que se puede perpetuar en el poder,  cuestión que supongo que debe de ser unas de sus máximas aspiraciones. Miren, a mi entender, y  por una cuestión de azar, de ese azar que únicamente se puede dar en el arte o en la política, Alberto Fabra ha alcanzado la Generalitat Valenciana dando forma física y administrativa a uno de los sueños más extendidos entre los valencianos: ser veraneantes de su propia tierra. Del mismo modo que Alberto Fabra se maneja en el poder, el valenciano quiere manejarse en su tierra: quiere estar pero sólo circunstancialmente, aprovechar esos meses de buen tiempo, que por ser sinceros en la Comunidad es la mitad del año, para pasearse, tomar un poco el sol, adquirir ese tono ocre, charlar con los amigos, pagar si hace falta la comunidad de los apartamentos, asistir a las reuniones a ver si al final se pone la piscina (o qué), pelearse con la familia de Albacete del 2º F porque no quiere pagar la derrama… y-ya-es-tá, ya está hombre, a ver si la mierda del apartamento va a dar más dolores de cabeza que descanso…

"-¿Cómo van las vacaciones? - ¿Y a tí?..."

Aquí en su etapa de alcalde de Castellón con unos jóvenes que reclamaban un parque de skate y parece preguntarse seriamente: "¿Y decís que lo del monopatín es divertido?".

Miren, yo no dudo que los valencianos, entre los que me incluyo, amemos nuestra tierra, pero me parece que la hemos acabando amando como los veraneantes: nos parece preciosa, luminosa, simpática, se come muy bien, pero… pero… no queremos ni pensar un minuto en el mantenimiento del sistema de basuras o en la iluminación de las calles (que, por cierto, en Valencia capital sobra). Por ese mismo motivo votaremos al partido que no nos rompa el sueño de que somos vereantes de nuestra propia tierra y cuyo programa electoral se parezca más al de un folleto de una agencia de viajes.

"Mira yo allí en Benicasím tengo un apartamento a Voramar, oye, y precioso... eso sí, todos los días vengo a por el pan a Castellón".

Esta visión de valencia como vergel hortelano y playa infinita tuvo su última representación en la visita de Esperanza Aguirre a Gandia  a la que el alcalde de la ciudad le ofreció el Mar Mediterráneo, sobre el que al parecer tenía jurisprudencia, y ya que las llaves de la ciudad se quedaban cortas, al decirle: “Esta es tu playa, es la playa de Madrid”, lo curioso del asunto es que a nadie le pareció ofensivo porque lo que de verdad deseamos todos los valencianos, los gandienses, los castellonenses, los de Alfás del Pí, los de Peñíscola etc etc, es ser turistas de nuestra propia tierra en un verano eterno, al modo de ese cuento de  J. G. Ballard titulado “El parque temático más grande del mundo” donde cuenta como todos los turistas europeos deciden quedarse a vivir en el Mediterráneo:

Cómo tarda Esperanza, estará haciendo los bocatas.

Por favor... ¿para Gandía?.

“Al principio la decisión de quedarse sólo afecto a los jóvenes y solteros, a antiguos estudiantes y a la tradicional intelligentsia del lumpen playero. Pero entre los modernos refuseniks pronto se incluyeron abogados, doctores y contables. Incluso las familias con hijos decidieron permanecer de vacaciones perpetuas. Ignorando los telegramas y llamadas de sus nerviosos jefes desde Amsterdam, Paris y Dusseldorf, inventaron educadas excusas, se dedicaron a untarse el bronceador en los hombros y volvieron a los veleros y las barcas de pedales”

"Nene que apartamento más chulo, en primera línea..."

“Afortunadamente el sol seguía brillando a través de los numerosos agujeros de ozono y las previsiones hablaban del verano más caluroso del siglo. La determinación de los exiliados de no volver nunca a las oficinas y las fábricas estaba basada en una nueva filosofía de ocio y un sentimiento acerca de lo que significaba una vida que realmente mereciese la pena. La lógica de las vacaciones playeras anuales, que había sostenido Europa desde la Segunda Guerra Mundial, había sido llevada al extremo. El crimen y la delincuencia no existían y la tolerancia social y racial de los que se reclinaban en sillas de piscinas contiguas era virtualmente infinita”.

"¡¡¡Que señor más típico me encontré en Gandía... y used, ¿hace cúantos años que veranea?".

Nótese como el azufre hace burbujear el mar a sus pies.

  “Durante el verano de 1994 se produjo el primer desafió para este reino del ocio.  Para entonces las comunidades de playa albergaban a unos cinco millones de exiliados y sus recursos financieros estaban agotados. Hacía mucho que las tarjetas de crédito habían sido anuladas, las cuentas bancarias congeladas y los gobiernos de París, Londres y Bonn esperaban la vuelta de los expatriados a sus escritorios y bancos (…) los hoteleros locales y los propietarios de apartamentos se encontraron dando cobijo a una enorme población de clientes que no pagaban. Se llamó a la policía y se produjeron los primeros disturbios en las platas de Málaga, Menton y Rímini. Los exiliados, sin embargo, eran difíciles de desalojar. Un año de sol y de ejercicio los había transformado en un cuerpo de soberbios atletas”.

Fuente: Fiebre de guerra, JG Ballard en “Contemporaneos Berenice”.

EPÍLOGO EN NEGRO

La crónica negra nos devuelve sin embargo a la realidad, a esa realidad que nos explicaba el  cuento de Ballard en la que los valencianos somos un pueblo que vive en unas eternas vacaciones sin pagar los apartamentos, ni los hoteles.  Como decía, de vez en cuando el mismo mar Mediterráneo y tal nos contaba el periodico El Levante nos devuelve a nuestra realidad socio-económica rompiendo nuestro sueño vacacional:

“Un vecino de Cullera que había salido a correr por la playa del Marenyet se encontró a última hora de la tarde de ayer parte de un cadáver en descomposición que el mar acababa de expulsar a la orilla. En concreto, se trata de las piernas y parte de la columna vertebral de un varón que mantenía puestos unos pantalones vaqueros y al menos una zapatilla deportiva. A juzgar por el aspecto del cuerpo y el avanzado estado de putrefacción, el cadáver debía llevar mucho tiempo en el agua. De hecho, el pantalón estaba parcialmente cubierto por lapas de gran tamaño y otros moluscos que se habían ido adhiriendo a la tela durante el tiempo que ha permanecido en el agua.”

Mujeres científicas: la historia de Mina Fleming.

 WILLIAMINA PATON STEVENS FLEMING (MINA FLEMING): Astrónoma escocesa (1857-1911). Nacida en Escocia, hija de un carpintero que falleció a los pocos años de nacer ella, fue una estudiante tan aplicada en su juventud que a la edad de los 14 años empezó a ejercer como profesora dentro de la propia escuela. Una vez casada (1877) decide inmigrar a Boston donde a pesar de su embarazo es abandonada por su marido. Empieza a buscar trabajo como empleada doméstica y es contratada por Edward C. Pickering, jefe del Observatorio de Harvard que estaba empezando un gran proyecto de clasificación de estrellas según su espectro, elemento que podría dar información sobre distintas características de las mismas como temperatura de la superficie o los elementos químicos que las formaban. De acuerdo con la leyenda, la entrada de Mina en la astronomía se produjo debido a la pérdida de paciencia de Edward C. Pickering ante un ayudante inepto al que despidió con el grito de “¡¡Mi doncella escocesa lo podría hacer mejor!!” y trajo a la doncella al observatorio quien, efectivamente, demostró sus capacidades. Sea ésta la causa real o parte de la leyenda de Mina, Pickering ayudó a Mina a estudiar las estrellas a partir de fotografías sirviéndose de lupas y a realizar cálculos a partir de estas observaciones, terreno en el que demostró estar especialmente dotada, siendo nombrada empleada permanente en 1881 y encargada del proyecto de las estrellas en 1886. Ambos clasificaron las 10.351 estrellas que aparecer recogidas en el Draper Catalogue of Stellar Spectra en 1890, y cuando Mina se embarcó en un proyecto mayor de clasificación contrató lo que se conoció como el harem de “mujeres computadoras” entre las que estaban toda una generación de nuevas astrónomas. Además fue la primera en identificar las estrellas variables cuya luz aumentaba y disminuía clasificando a 222 de ellas. Nombrada comisaria de la colección de fotografías de estrellas de la universidad de Harvard, fue la sexta mujer aceptada en la Royal Astronomical Society de Inglaterra y murió a los 54 años de una neumonía. Aparece de pie, en el centro de la foto de arriba.

Fuente A to Z of Women in Science and Math de Lisa Yount.

Retratando a los ricos en tiempos de cólera.

Conviene en estos tiempos que corren revisar ciertas iconografías que sirven de moneda de cambio mediática en telediarios y publirreportajes concernientes a la crisis económica que nos va a arrollar (a todos) y ver que imágenes tienen una tendencia alcística o depreciativa en ese intercambio mercantil de representaciones que es la sociedad del espectáculo.  Más concretamente, en esa batalla que enfrenta a la gente normal contra los banqueros, habida cuenta que ya todos nos hemos mentalizado que los gobiernos electos, ya sean en el ámbito nacional como regional poco cuentan y que ahora mismo podría ser presidenta del gobierno no sólo una mujer (¡¡horror!!) sino un ventrílocuo manejando una oruga sabia como vicepresidente y un mono en monopatín como secretario de economía, y todo marcharía sobre ruedas siempre y cuando el mono en monopatín cumpliese las expectativas de las agencias de calificación.  La cuestión es que para este experimento práctico de análisis  audiovisual vamos a analizar brevemente la creación audiovisual del prototipo de  malvado banquero en el S.XX y el turbulento SXXI, ver sus variaciones y sus representaciones actuales habiendo sido responsables de alimentar la avaricia del sistema, sino la suya propia, bombeando con préstamos basura un mercado inmobiliario fantasmal, y por pura lógica y como pago de ese error deberían ser representados a la vieja escuela, al estilo de la Proletkult (la cultura proletaria). Porque si no recuerdo mal de mis clases de historia del cine de vanguardia que nos impartía Pilar Pedraza fue nada más y nada menos que Eisenstein quien en películas como La huelga (1924) creó y popularizó enorme e internacionalmente el prototipo del banquero y del burgués y así en general del explotador como un señor obeso con  un puro en la boca y con un brillo de codicia en sus ojos.

De ahí pasó al primer país manufacturero de imágenes de la historia como es EEUU, quien estaba sumido en una grave crisis económica en la década de 1930, siendo teóricamente la situación perfecta para que prolferarán las bromas visuales sobre los ricos, los banqueros y sobre todo los especuladores (si alguien es capaz de distinguir los matices de estas tres modalidades). Sin embargo ese tipo de bromazos no ha pasado a la historia visual como algo significativo del  New Deal y la Gran Depresión; cuando se habla de este oscuro periodo la gente recuerda las fotos de granjeros hambrientos de Dorothea Lange y poco más, pero… ¿bromas sobre ricos?… no, no me suena. Mi explicación rápida y más por no callarme que por aportar algo significativo es que las industrias culturales que son las que creaban imágenes estaban centradas en apoyar al presidente Franklin D. Roosevelt quien las estaba pasando canutas con un Tribunal Supremo que le tumbaba cualquier reforma, y a la vez el presidente  Franklin D. Roosevelt estaba empeñado en que monopolios y banqueros no se sintieran atacados por sus reformas ni por el crudo clima social que se vivía (Roosevelt solía recibir cartas de trabajadores que le decían que se consideraban “esclavos” de la Depresión). Así que los ricos como mucho solían aparecer en las comedias de enredo y su cara más usual era la de Fred Astaire trotando sobre un decorado art-decó. Sin embargo la crítica se refugió en el humor gráfico, esta maravillosa página recoge en 12 posts lo mejor del humor de la Gran Depresión con chistes como el que sigue donde un matrimonio de ricachones sentados en su lujosa casa mantienen esta conversación: “”Con toda esta depresión en marcha. Creo que deberíamos salir esta noche y consumir algo” un chiste publicado en 1930, año en el que el anterior  presidente Hoover aún afirmaba que la crisis era de subconsumo y lo que tenía que hacer la gente era consumir como locos.

"Con toda esta depresión en marcha. Creo que deberíamos salir esta noche y consumir algo"

Sin embargo esta página se olvida de un gran artista como Syd Hoff, dibujante del New Yorker y de cuentos para niños pero antes de ello de dos pedazos de revistas izquierdosas como Daily Worker y New Masses. Donde firmaba como A. Redfield y donde daba rienda suelta a su crítica hiriente y mala baba y que dio como resultado el álbum “ The ruling Claws” que hacía un bonito juego de palabras entre “The Ruling Class” (La clase dirigente) y “The ruling Claws” (Las garras dirigentes). En este libro el propio Hoff/Redfield afirma que en la década de los 30 “había un nuevo grupo de dibujantes satíricos que cuando muerden a los burgueses usan sólo sus labios y no sus dientes”, para pasar a dar muestras que él, personalmente, estaba dispuesto a usar toda la dentadura…

"Dale un nickel querido. Después de todo hiciste un par de millones en la guerra".

"... nosotros, que movemos las ruedas de la industria..."

"Cualquiera que diga que hay hambre en America, debería ir al psiquiatra".

"Estoy en contra del seguro de desempleo. Hace a la gente vaga".

  También en la década de los 30 pero en Alemania la propaganda del nazismo jugaba al despiste visual atacando a la vez que alimentando al Gran Capital transformándolo en la figura del judío grotesco. Figura basada, por supuesto en la gran tradición cultural occidental del usurero que hunde sus raíces en el Medievo más antisemita. Mientras tanto en España… el prototipo popularizado por  Eisenstein tiene su eco en la cartelería republicana, aunque no en un número tan grande como cabía esperar frente a las llamadas a la unidad ante el Fascio. Algo que quizás debemos achacar a que todos los gobiernos, y más los demócratas, siempre han necesitado del apoyo de los banqueros, pero éstos, en la España de 1936 estaban en otro menester.


Tenemos que saltarnos unas cuantas décadas hasta que la cosa especulativa se pone realmente interesante con la desregularización del mercado financiero por parte de dos mentes altamente malignas como Thatcher y Reagan, cuando las firmas de inversión familiares se convirtieron en emporios descabezados, en corporaciones trasatlánticas, es decir, en lo mejor de los 80s. Un momento en los que las grandes ciudades, convertidas en centros especulativos se llenaron de jóvenes funcionarios de las finanzas y todo el mundo se puso a comprar con la misma excitación que daba la cocaína, y donde el “consumo acelerado, el crédito fácil y el exceso personal” se convirtieron en símbolos de victoria del propio neoliberalismo (sacado de este documental). En esa época, en los 80s, mientras las salas de cine se multiplicaban en los centros comerciales y nacía el concepto de blockbuster de mega-éxito comercial (Tiburon, ET, Star Wars…) empiezan a aparecer las primeras críticas que se dieron hacia el final de década o ya bien entrada la siguiente, encabezadas por la película Wall Street de 1987 de Oliver Stone, la novela American Psycho de Bret Easton Ellis que aparece en 1991 y es llevada al cine en el 2000, o la terriblemente machista y alucinante En compañía de hombres  de 1997 y que viene a ser un Mad Men de los 80s sin tanto vestido bonito ni tanto héroe crepuescular. Vean el tráiler que empieza con el bonito chiste “¿Cual es la diferencia entre una pelota de golf y el punto G?. Que a una pelota de golf podría buscarla por veinte minutos.”

Viendo estas obras que fueron extrañas ante el aluvión consumista que ofrecía el cine de los 80 y los 90, convertido él mismo en una baratija audiovisual de adquisición rápida y sencilla como un lector de CD o una idiota televisión portátil, convendría preguntarse cómo retrata el cine comercial a la figura del yuppie o del banquero internacional convertido ahora en el máximo responsable de la situación que estamos viviendo. Conviene centrar un poco el tema y recordar un post pasado donde citaba a la estudiosa Brigit Sauer y su artículo “Speedy cars, perky women, champagne and striptease bars. Neo-liberal masculinity in crisis?”  en el que de manera preclara exponía:

la crisis económica y financiera al final de la primera década del primer siglo NO es una crisis del neo-liberalismo. Por lo tanto, NO es tampoco una crisis de la hegemonía neoliberal ni la masculinidad neoliberal. Al contrario, durante y a través de la crisis, las masculinidades neoliberales han sido capaces de reestructurarse. Es interesante que sean los mismos actores masculinos, managers, banqueros y políticos, que iniciaron la crisis, los que han sido señalados, tolerados socialmente, legitimizados y públicamente respaldados como `solucionadores´ de la crisis”.

Esa legitimización no sólo se ve en los telediarios que nos dan esas bonitas fotografías de señores trajeados de semblante serio afeando a Grecia que quiera hacer un referéndum sobre el plan de rescate, sino también en las películas. Coinciden en cartelera precisamente dos películas que se dedican a cantar sin ningún tipo de pudor las excelencias y las vicisitudes sentimentales de los causantes de la crisis. Permitidme que os hable de ellas colgando las críticas que realicé para el periódico El Levante aunque citarse a uno mismo sea cosa de idiotas y egomaniacos, la primera de ellas es la película Margin Call   que ha levantado grandes ampollas y con razón:

La segunda de la película que quiero comentar es mucho más interesante porque desde el principio no se vende como una película sobre los desatinos del mundo de los negocios sino como una comedia romántica. Se trata de Tentación en Manhattan (2011) un filme que podemos considerar como las Armas de mujer del nuevo milenio ya que se sirve de una falsa reivindicación de los derechos laborales de la mujer para asentar el status quo. En ella, una ejecutiva de cuentas interpretada por Sarah Jessica Parker intenta crear un plan maestro para asegurar las pensiones de gente como su padre, quien se quedó sin dinero debido a sus ansias especuladoras (ayyy, por mi mala cabeza). Para ello obtiene la colaboración de Pierce Brosnan / Jack Abelhammer que es el rico y apuesto filántropo de las finanzas que se aleja de las representaciones que hemos visto de obesos especuladores o psicópatas yuppies. Brosnan, no, Brosnan no sólo es guapo y cercano, sino que además estando como está medio enamorado de su compañera y subordinada se la lleva a una bolera para que vea lo resuelto que puede ser un magnate en los entretenimientos proletarios. Produciéndose allí una escena altamente irritante en la que debido a su buen juego, una compañera de equipo (ya que juegan con el equipo de bolos de una empresa pequeña y muy americana) le dice: “si vuelves a tirar todos los bolos te perdonaré que seas banquero”:

Parece razonable que ese ente abstracto que es Hollywood, y que no sólo está formado por grandes corporaciones de la comunicación sino que él mismo últimamente funciona como un gran banco prestando dinero para que productoras independientes hagan películas que ellos distribuyen (el negocio está en la distribución) y que por lo tanto está acostumbrado a arriesgar, a invertir y a especular no tenga muchas ganas de cantarles las 40 a los impresentables que nos han metido en esta situación sin riesgo a acabar tirando piedras sobre su propio tejado. Por lo que para terminar tenemos que remitirnos al no menos abstracto concepto de “Internet” para ver representaciones hirientes de esa nueva clase social, la hiperburgesía, como el video con que cierro el post, y que nos remite a las primeras imagenes de este texto, a las películas de Eisenstein y su montaje intelectual: por la cosa esa de presentar la tesis y la antítesis, dejando la explosiva antítesis a la mente del espectador. Aunque aquí es más bien arriba y abajo, siendo los de abajo los menesterosos parados de Occupy Wall Street y los de arriba unos señores que toman un after work.

La gran historia de la cleptomanía (1): los orígenes sexuales.

Como en la asignatura de “Historia de las relaciones de género” de mi máster de Teoría Feminista de la Complutense me toca hacer un trabajo para aprobar y como mejor ir adelantando por algún lado que después viene el llorar y el crujir de dientes (la historia de mi vida), les vengo a presentar en cómodos coleccionables de otoño una historia razonada del gran y único vicio que se le permitió a la señora burguesa, la cleptomanía. Una enfermedad que a simple vista parece algo completamente inventado, un paso más en la psicopatologización de las señoras ricas, como bien demuestra que fuera una enfermedad de clase ya que las pobres que robaban, lo habrán adivinado, eran simple y llanamente ladronas de tres al cuarto. Pero no sólo eso, sino que la cleptomanía fue también una enfermedad donde los discursos de género aparecieron en todo su esplendor al ser enfermedad femenina como la histeria, y donde éstos mismos discursos se cruzaron con la aparición de la primera y esplendorosa cultura consumista, con sus grandes almacenes y su voluptuosa superposición de telas tal y como fue recogida por Emile Zola en el inicio de su maravillosa novela Au Bonheur des Dames en el que cuenta las impresiones de una recién llegada a París frente a un escaparate:

En castellano hay una edición muy buena de "A clásica".

“Y en aquella capilla consagrada al culto de los encantos femeninos se exponían las confecciones: ocupaba el centro un artículo excepcional, un abrigo de terciopelo guarnecido de zorro plateado, que flanqueaban un tapado de seda forrado de petigrís y un paletó de paño bordado con plumas de gallo, además de unas salidas de teatro de casimir blanco, acolchadas y con adornos de cisne o de felpilla (…) El busto opulento de los maniquíes tensaba los tejidos, las caderas generosas exageraban la estrecha figura, y una etiqueta de gran tamaño, pinchada con un alfiler en el muletón rojo del cuello, hacía las veces de cabeza; a ambos lados del escaparate, varios espejos sabiamente orientados los reflejaban y multiplicaban hasta el infinito, abarrotando la calle de hermosas damas en venta que, en lugar de cabeza, lucían unos precios rotulados con grandes números”.

En este coleccionable repasaremos los casos más disparatados, los que saltaron a la prensa, veremos también los lugares donde se desarrollaba esta monomanía, y como hoy indagaremos en las explicaciones psicológicas que se dieron para explicar este creciente fenómeno que preocupó a alienistas, reformistas y confesores por igual. Ah, pero se me olvidaba, que todos los grandes coleccionables llevan un regalo en su primer número, el que ofrecemos con “La gran historia de la cleptomanía” es un bolero de con música de Manuel Luna y letra del matancero Agustín Acosta:

CLEPTÓMANA

Era una cleptómana de bellas fruslerías; / robaba por un goce de estética emoción… / Linda facinerosa de cuyas fechorías/ jamás supo el severo juzgado de instrucción…

La sorprendí una tarde, en un comercio antiguo,/ hurtando un caprichoso frasquito de cristal/ que tuvo esencias raras… En su mirar ambiguo/ relampagueó un oculto destello de ideal…

Se hizo mi camarada para cosas secretas/ —cosas que sólo saben mujeres y poetas—;/pero llegó a tal punto su indómita afición,/ que perturbó la calma de mis serenos días…/Era una cleptómana de bellas fruslerías,/¡y, sin embargo, quiso robarme el corazón…!

Pues si les ha gustado la canción, el artículo con el que empezamos es casi, casi tan poético como ella, no en vano vamos a las fuentes de la época, a un artículo de 1911 titulado, ahí es nada, The Sexual Root of Kleptomania del doctor Wilhelm Stekel que apareció publicado en el Institute of Criminal Law and Criminology, Vol. 2, No. 2 (Jul., 1911), pp. 239-246, Northwestern University.

Como ustedes, queridas lectoras, pueden comprobar el artículo empieza como tiene que empezar: citando a las fuentes. Pero no unas fuentes cualquiera, sino que empieza con un órdago a lo grande refiriéndose la biblia de las ladronas burguesas, nada menos que el In the Zeitschrift fur Sexualwissenschaft de Verlag Georg H. Wigand, cuya tesis principal reside en hacer una lectura freudiana de la cleptomanía, que tampoco es un grano de anís ni un pasatiempo de trolebús. El investigador americano continua su The Sexual Root of Kleptomania explicando el mundo conceptual que rodea a esta enfermedad y utiliza el término acuñado por Duboisson quien ha calificado a esta monomanía “magasinitis” refiriéndose al concepto de Grand magasin, y creando quizás una de las cumbres de la poesía médica de inicios del SXX. Acto seguido cita una serie de estudios con títulos conmovedores en cuyos enunciados resuenan las respiraciones entrecortadas de las damas de la alta sociedad que acaban de robar un fular color crema, a saber, las obras de Bontemps (Du vol dans les grands magasins), Lasegue (Le vol aux étalages), and Letulle (Voleuses honettes).

Una vez que el doctor Wilhelm Stekel ha demostrado que no habla a tontas ni a locas, pasa a exponer cuales es el modus operandi de estas monomaniacas: según lo que ha leído, todas las entrevistadas declaran que un poder desconocido les ha arrastrado a tocar un objeto y ponérselo en el bolsillo (generalmente lazos, guantes, pequeñas libretas de notas, lápices…). Para pasar a narrar que después de haber robado algunas sufren de amnesia o están terriblemente avergonzadas de sus actos negándose a tocar los objetos sustraídos. Cita como ejemplo de estos casos las palabras de una condesa quien robó un lazo y expuso:

“II m’est impossible de dire ce qui c’est passé en moi; le tentation a été plus forte que moi! Je ne sais pas ce qui c’est produit. Mais je pris cet objet et je l’ai caché!

Estos fotogramas pertenecen a la obra de Porter "The kleptomaniac" de 1905.

El artículo continúa con el Dr. Stekel  citándose en tercera persona (im-pre-si-o-nan-te: “Dr. Stekel has repeatedly proved to himself by psycho-analysis”) y diciendo que él ya sabía que la raíz de todos estos casos de cleptomanía está en “un instinto sexual insatisfecho”: “Estas mujeres luchan contra la tentación. Están involucradas en una constante lucha con sus deseos. Ellas quieren lo que está prohibido, pero carecen de la fuerza. El robo es para ellas un acto simbólico. El punto esencial es que hacen algo que está prohibido, tocan algo que no les pertenece”. Y aquí es cuando el artículo médico se convierte en una gran novela decimonónica simbolista que deja a A contrapelo de Huysmans a la altura de un cuento infantil, lean como se cuenta el caso de una cleptómana aparecido originalmente en la sugestiva obra del Dr. Otto Gross Das Freudsche Ideogenitiitsmoment und seine Bedeutung im manischdepressiven Irresein Kraepelins (Leipzig, F. C. Vogel, 1907) que “contiene un cuidadoso análisis de un caso de cleptomanía en una paciente que sufría de melancolía maniaca”:

“La persona en cuestión era una chica joven de una familia rica, sin defectos de nacimiento, que se produjo una herida en la cabeza a sus diecisiete años y que luego padeció repetidamente desmayos así como ataques periódicos de depresión y excitabilidad. Después de un tiempo sufrió irresistibles ataques de cleptomanía. Expuso: `En ese periodo no podía ver nada expuesto en ningún sitio: sin ningún motivo me veía arrastrada a coger los objetos. No eran cosas que particularmente me gustaran; tenía que cogerlas y no había paz hasta que lo hubiera hecho´. Durante cuatro años la paciente había tenido una relación íntima con un hombre sexualmente impotente. Cuando finalmente recuperó su poder generativo y se encontró a sí misma preñada, su impulso de robar desapareció[1]. (Ella no tenía la necesidad de coger algo que no le pertenecía). La cuestión explicada según un confesor que la examinó en virtud de sus experiencias sexuales era como si la mujer hubiera cogido un pene en su mano y se lo hubiera introducido, dejando una gran impresión ella. El número de objetos robados era muy extenso: medias, pieles, guantes, pequeñas bolsas, braceletes, anillos, paraguas, etc. Cualquiera que estuviera familiarizado con el psicoanálisis reconocerá de inmediato que estos objetos tienen un significado sexual simbólico muy pronunciado. (Una pequeña bolsa, un brazalete, medias, guantes son todos artículos en los que ponemos cosas, un paraguas es un símbolo recurrente del pene, probablemente porque abrirlo sugiere una erección)”.

Evidentemente, la explicación se halla en esta transferencia entre robar y follar: <<Gross remarca: “el origen del síntoma de la cleptomanía se desvela: `coger algo secretamente o de manera prohibida´ es común a ambos motivos, al deseo sexual y al impulso de robar; esta asociación causa que la energía emocional del motivo sexual inconsciente sea transferido al motivo de robar, que es, característicamente, y al menos como idea,  algo a lo que sucumbir con una resistencia mental más ligera”>>. El peligro ocurre cuando esa transferencia está tan fijada que el deseo cleptómano absorbe toda la energía sexual y se convierte en algo tan patológico e irracional como éste. Esta bonita fórmula de “follar (=) (+/-)  a robar” se completa con Freud [Follar (=) (+/-) robar (x) fetichismo] : “Cada compulsión en la vida psíquica está originada en la supresión. La conexión entre robar y una visa sexual anómala fue ya anunciada por los primeros observadores (…) las descripciones de robos conectados con fetichismo son especialmente frecuentes. En su  Psychopathia sexualis, Krafft-Ebing recoge una serie de sugestivas observaciones y casos”… ¿Cuáles serán éstos desgarradores casos humanos, esas variaciones sobre el tema de las burguesas casadas con empresarios impotentes entregándose al delirio de robar pañoletas de formas fálicas?… Ah, amigas, tendrán que esperarse a nuestra surrealista siguiente entrega…


[1]  Un dato que el doctor Otto Gross, yo mismo, futuro doctor en cultura popular, Dr.  Palomitas y el loco-loco-loco Dr. Stekel hablándose en tercera persona, encontramos MUY relevante.

URGENTE: ¡¡¡El Festival SURPAS necesita ayuda!!!

Super Precario dice: Tratad bien a vuestras madres y Ayudad al SURPAS.

Al festival SURPAS las administraciones le reclaman una subvención ya gastada en su tercera edición. Mucha gente relacionada con la cultura ha participado desinteresadamente en cubrir esa injusta deuda y no podemos dejar que el proyecto fracase cuando tan sólo quedan 1000 euros por cubrir. Solidarizarnos con el SURPAS es algo de vital importancia para toda la gente que hace cultura independiente en este santo país (ser agente independiente es llorar). Que las chicas del SURPAS sepan que puede que las administraciones las abandonen, pero que la gente interesada en una cultura digna jamás lo haremos (además si donas algo apareces en una lista con un montón de gente guay que algún día puede ser tu jefa o tu compañero de cama… o ambas a la vez).

http://festivalsurpas.org/funeral/

Te invitamos a ser colaborador/co-partner del festival dándonos tu aportación económica para conseguir estos 6.900 euros que nos reclama el CoNCa y que ya invertimos en su día para la 3a edición del festival. Cada uno puede dar lo que le pueda, de 10 a 5.000 euros, todo suma. Todos los colaboradores estaréis acreditados en el proyecto, como parte de las manos amigas que lo han hecho posible, aunque sea en su fase final. De esta forma esperamos poder hacer ver que el modelo de crowfunding (aún en tiempo de crisis seria como es el nuestro) es más efectivo que el modelo de subvenciones públicas vigentes. Instrucciones:

  • Número de cuenta: 2013  0421  54  0201083708 (Catalunya Caixa, ex Caixa Catalunya)
  • Iremos informando a través de la web del proceso de los ingresos.
  • Cuando hagas tu donativo incluye nombre y apellido para poder acreditarte en la web.
  • Una vez recolectado el dinero cerraremos la cuenta bancaria.
  • También puedes hacer tu donación a través de Pay Pal con tu targeta de crédito.

¡¡Mira Ingrid!!… ¡¡han venido todos hasta el pequeño Tim!!!…¡¡¡y Harry!!!….

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