La loca, loca historia de las Galaxias

Uno de los grandes temas del capitalismo tardío son las superficies. Las superficies brillantes, vistosas y llenas de colorines (las grandes superficies comerciales). A ese respecto resulta interesante comparar una serigrafía de Andy Warhol con una escultura de Jeff Koons, y ambos con los primeros y míticos minutos de La guerra de las Galaxias , para llegar a la conclusión de que a todos nos gusta un buen comienzo de película, un cuadro de muchos colorines, y los materiales plásticos como el plexiglás.

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El problema que plantean las superficies, sin embargo, es que parecen muy simples cuando en realidad son muy complicadas. Lo fácil en el mundo de la crítica siempre ha sido hacer poesía de películas complicadas y obtusas. Un buen resumen de como la crítica perezosa ha desestimado el arte comercial es cuando le oí decir a un famoso historiador del cine español que “los críticos estamos para rellenar los silencios” refiriéndose a El espíritu de la colmena. En eso consiste, principalmente, la crítica de cine seria, en rellenar silencios, en rellenar los huecos: “la falta de contraplano indica que….”,  “el uso no diegetizado de la ….. nos traslada a ….. un terreno psicológicamente …. donde….”. En fin, que lo que hacen los críticos sesudos es superar esa fase anal del espectador de cine medio y llevarla a la fase oral, sustituyendo la pregunta que nos hacemos todos al terminar una película que no se comprende “pero, esto, ¿era todo un sueño del tipo o qué?”  por otra pregunta mucho más seria y que da más juego: “¿que nos ha querido decir el autor?” (si esperan ustedes tener un puesto en la universidad o similar pueden decir “auteaur”). En fin, que la pregunta no sé si oral o anal que vengo a plantear hoy es: si la crítica se dedica a rellenar los silencios, ¿qué hacer con una película que es todo ruido como Star Wars, llena de fanfarrias (chan,chan, chantachan, tachaaaan), disparos electrónicos (pichum, pichum) y espadas láser (pfffium)?. ¿Qué hacer con una película que elevó el Dobly Sound Stereo a la categoría de arte?.

Porque ya desde el principio la película, la verdad, no se entendió. En uno de los primeros pases para gente de la industria la respuesta fue tibia, tibia, salvo quizás por los vítores de Steven Spielberg que recién salido del baño de dólares que supuso Tiburón / Jaws felicitó efusivamente a George Lucas. La respuesta más mayoritaria fue la de Brian de Palma que en esa misma sesión le dijo al director: “ En el primer acto, ¿donde estamos?, ¿Quíenes son esos tipos peludos?, ¿Quienes son esos tipos vestidos como el Hombre de Hojalata de Oz?, ¿Qué tipo de pelicula estas haciendo?. Has abandonado a la audiencia –la has hecho desaparecer. No saben de qué va la película”. Son muchas preguntas, y aunque el impacto cultural que iba a tener Star Wars se adivinó a las dos semanas del estreno, cuando la gente literalmente se volvió loca y hasta la fecha, los analisis reposados y serios del filme vendrían años después, cuando la perspectiva histórica daban un poco de coherencia al discurso. Hace poco descubrí uno de esos análisis, uno de 1989, títulado The last crusade, escrito por un especialista de la época, alguien que además estuvo metido en la industria y que hace poco ha publicado el muy recomendable Moteros tranquilos, toros salvajes (la generación que cambio Hollywood), esto es, Peter Biskind. El estudio que hace de Star Wars, pero también de otras películas de Spielberg y Lucas es inteligente, divertido, sin prejuicios, y como todas las cosas interesantes, un poco disparatado, veamos a ver que dice…

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Según Biskind la situación era esta: en los 70 Hollywood estuvo dominado por un grupo de realizadores que podemos considerar los últimos autores americanos, gente como Kubrik, Arthur Penn, Lumet, Altman, Woody Allen y otros. Estos se dedicaron a hacer un cine irónico que reflejaba una sociedad desencantada tras la Guerra de Vietnam, el Watergate y los magnicidios  de notables dirigentes americanos. Ese cine irónico se basada en cosas como jugar con los géneros haciendo anti-westerns o cosas como 2001, Odisea en el espacio. Así como en utilizar elementos que distanciaran al espectador de la película, es decir, estas películas no partían de la base de “te voy a contar un maravilloso cuento…”, sino que proponían “ey, somos adultos, esto es una conversación, déjame que te cuente algo...”. Vaya que saliendo de una situación histórica y social muy complicada, los creadores americanos creyeron importante fomentar la ironía crítica, la reflexión, y la canallería que diera una visión desencatada de la sociedad. De este modo las peliculas se llenaron de ladrones, Bonnie and Clyde, moteros, Easy Rider chaperos, Midnight Cowboy, o amantes de señoras maduras como El graduado.

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Pero entonces llegó Spielberg y Lucas y plantearon un nuevo tipo de cine surgido de un nuevo tipo de cineastas-empleados. Un cine que nacía de muchas horas de tele, de muchas clases en las escuelas de cine de Los Angeles, y de un total apoliticismo (que no deja de ser una manera de ser político). Lo que estos dos directores venían a proponer es el desentierro total de la ironía. Debíamos de volver a creer en el cine porque de hecho, el cine parecía la única cultura que estos dos directores poseían. De este modo se pusieron rescatar viejos géneros pero sin el sarcasmo ni la actitud camp del Nuevo Hollywood, sino volviendo a la “fuerza” que éstos poseían durante la década de los 30, cuando los seriales hacían las delicias de los espectadores. Un ejecutivo lo expresó muy bien diciendo: “Lucas nos ha enseñado que está bien que nos volvamos a involucrar con la película, que gritemos, aplaudamos, y nos dejemos llevar”. Es decir, y he aquí uno de los elementos más importantes del análisis, lo que pretendían Lucas / Spielberg es “reconstituir la audiencia de los 70 como niños”.

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Infantilizar a la audiencia se conseguía mediante nuevos efectos especiales, narración lineal, muchos ruidos y montaje tipo Eisenstein pero sin la ideología marxista (“Star Wars fue pionera en el cine de momentos, de imágenes, de estímulos sensoriales cada vez más ajenos de la historia, elementos que se trasladan muy bien a los video-juegos”). Todos esos recursos se aderezaban con una moral simple, o como bien dijo Lucas “Todo el mundo está olvidando decirle a los niños qué está bien o qué está mal”. (¿¿¡¡¡es que nadie piensa en los niños!!!??). Lo que estaba bien, evidentemente, era el heroísmo, el individualismo, y una vuelta a los valores básicos donde los buenos visten de blanco, y los malos, de negro.

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Pero, claro, infantilizar a la audiencia tenía sus consecuencias y Bindskin las pone claras, negro sobre blanco: “Al atacar la ironía, el pensamiento crítico, al favorecer el corazón frente a la cabeza, ayudaron a reducir toda una cultura a la infantilización, y al hacerlo prepararon el camino para el crecimiento de la derecha”. Una nación de niños embobados con la tele y con el espectáculo cinematográfico precisa de un padre fuerte. Ese es, evidentemente, Ronald Reaganque se presentó a si mismo como un defensor de los niños (especialmente de los fetos), que bajo su administración el abuso de niños se convirtió en un tema (no) importante, mientras que su mujer se dedicaba a proteger a los niños de las drogas”. Además Reagan como Luke Skywalker o Indiana Jones poseía una mezcla de elementos infantiles y adultos, era “el hombre / niño que ha crecido con y dentro de las películas, para quien las películas eran tan reales como la realidad, que miraba el crimen a través de los ojos de Harry el Sucio y el Tercer Mundo a través de los ojos de Rambo”. No en vano, cuando el  Strategic Defense Initiative es decir, ese enloquecido paraguas de satélites que iba a prevenir un ataque nuclear a Estados Unidos  fue denominado “Star Wars” por los Demócratas, Ronald Reagan aplaudió el hallazgo y llegó a declarar “La Fuerza está con nosotros” (¡¡¡¿¿??!!).

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Biskind alega inteligentemente que si el mandato de Ronald Reagan es la conclusión lógica del ambiente social 80s, las películas de Lucas / Spielberg, lo son del ambiente cinematográfico de ese momento. Y que si Reagan no hubiese existido, Lucas / Spielberg lo tenían que haber inventado. Esta conclusión fuerte y antológica intenta resaltar las similitudes entre el presidente americano y los protagonistas de sus películas. Ya que a la infantilización de la audiencia a través de unos efectos especiales sonoros  y una moral simple se le ha de sumar la propia infantilización de los personajes: a Luke Skywalker, Indiana Jones y a Ronal Reagan os podemos considerar niños-adultos, adolescentes, vaya. ¿Y que no rima con infancia?. La palabra con “S”. Amiguitos, los niños no tienen “S-E-X-O”, y una galaxia poblada por ellos, tampoco (las hembras Ewoks dejan sus huevas debajo de helechos y esperan que los machos de su especie los engendren). Como muy bien apuntó Carrie Fisher sobre la faja pectoral que desexualizaba a su personaje: “No breast bounce in space. There´s no jiggling in the Empire”, que podríamos traducir por “Nada de pechos rebotando en el espacio. [Las peras] No se agitan en el Imperio”.  A partir de esta reflexión, el artículo de Bindskind se pone jugoso, jugoso, y se llena de fantásticos lugares comunes freudianos. Traduzco los siguientes párrafos porque son inmejorables, ya que empiezan jugando fuerte al  comparar Star Wars con American Graffiti:

<<La adolescencia es la Fuerza, difícil de entender y más difícil aún de controlar. “Este es un periodo complicado para ti, Luke (…) Ahora eres más susceptible a las tentaciones del Lado Oscuro [de la Fuerza]”. Para resistir al Lado Oscuro de la Fuerza, Luke tiene que convertirse en un ser espiritual mediante la sublimación (en la guerra) y más tarde suprimiendo sus impulsos eróticos y agresivos (que tienden a equipararse). La medida que marca la madurez de Luke, su espada laser, es tal como Dan Rubery ha sugerido, un símbolo demasiado obvio de poder y potencia sexual: “La llevas en tu bolsillo hasta que la necesitas, entonces aprietas un botón y se convierte en un objeto de un metro que brilla en la oscuridad”. Al final de “Star Wars”, Luke pilota con total confianza su reactor surcando a toda velocidad un canal vaginal o trinchera para poder lanzar su “misil” dentro del “útero” de la femenina Estrella de la Muerte.

Pero durante “El imperio contraataca”, Darth Vader le corta el brazo “castrándole” de una manera nada sutil; sin embargo, en “El retorno del Jedi”, Luke  abandona su espada laser y deja las peleas para otros mientras que él presta una mayor atención a sus necesidades edípicas –su lucha con su padre. Luke a su vez está en el camino de convertirse en un monje (viste una especie de hábito en su confrontación final con su padre y Emperador)>>.

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La cuestión que plantea Binskind es esta: si la espada laser es la representación del pene y del poder masculino, entonces la evolución natural de la historia sería que Luke la aprendiera a manejar a través de una serie de aventuras; es decir, saber cuándo sacar la espada y cuándo tenerla metidita en el bolsillo. Pero, ¿cómo evoluciona la historia?. ¡¡¡Luke renuncia a la espada!!!. Es decir, “Luke acaba interiorizando la castración cuando renuncia voluntariamente a su espada laser”. O sea que someterse al lado oscuro de la Fuerza consiste en convertirse en adulto, y ser un buen Jedi  consiste en resistirse a crecer. Para empeorar el panorama psicosexual, la única chavala que la gusta, la Princesa Leia, resulta ser ¡¡¡su hermana!!!.  Esta visión sexofóbica del futuro inmediato culmina en la escena de Jabba, monstruoso sapo que acaba convirtiendo a la Princesa Leia en una zorrita vestida alla Barbarella. Como bien apunta Binskind  a la princesa Leia “se le debe de rescatar no sólo de Jabba sino de su propia sexualidad (…) El episodio de Jabba culmina en una fantasia de vagina dentata en las que Luke y sus amigos tienen que pasear por una pasarela fálica hacia una terrorífica boca de gran apetito con largos y curvos dientes. Una imagen más explícita y pesadillesca de la amenazante sexualidad femenina es difícil de imaginar”. Yo pongo el fragmento para que conste que vagina dentada, haberla, hayla.

La armazón intelectual que Biskind levanta alrededor de la trilogía Star Wars no sólo incluye penes y vaginas (uhmm), sino, puagggh, también política. Llegado un momento, George Lucas dijo pegándose un moco, que el Emperador estaba basado, evidentemente, en Nixon. La mayoría de historiadores de cine, estudiosos y todo el gremio de conductores de taxis pensó “Oh, sí, claro, Lucas, otra de tus finas y trabajadas metáforas políticas”. Pero esa opinión tan generalizada no caló en nuestro querido Biskind, él no iba a dejar escapar un hueso tan jugoso, su cabecita empezó a funcionar y una cosa le llevó a otra y llevado por la maldita lógica de “si tal cosa, entonces cual otra” expuso : “si tal como dijo Lucas el Emperador se modeló a imagen del Presidente Nixon, lo que convierte al Imperio en el equivalente de Estados Unidos, entonces, Darth Vader es Henry Kissinger y los rebeldes el Vietcong (…)  Con la aparición de Yoda en El Imperio Contraataca la analogía del Vietnam, que funcionó como subtexto en la primera película, se volvió más impertinente. La gnómico maestro Yedi está arrugado, es viejo, es sabio y vive en la jungla. Cuando ET, Ghandi y Mr Miyagi (Karate Kid) hicieron sus debuts cinematográficos unos años después, las similitudes entre ellos eran asombrosas y dejaban muy pocas dudas sobre que era Yoda: “a closet Asian” [es decir, un asiático en el armario, en el “closet”].   Ya que era de color, pequeño (sin desarrollar), feo (no-occidental) y misterioso (inescrutable). Si el emperador era Nixon y Vader era Kissinger, Yoda debía ser Mao o Ho Chi Min, el Espíritu del Tercer Mundo”. Por otro lado, “las frases crípticas y Zen de Yoda nos remiten a una contracultura soñadora, drogada y ecológicamente correcta”.

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Con lo que sólo nos queda por responder a una de las dudas de De Palma “¿Qué demonios son esas cosas peludas?”. Los Ewoks completan la visión que un pajillero californiano como Lucas puede tener del Vietcong haciendo uso para su resistencia de “tirachinas, huesos, piedras y trampas”. Biskind resume esta situación diciendo “el Imperio es vencido por una cruzada infantil, una alianza de adolescentes y muñecos peluche –en otras palabras, los 60s”.

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Con lo que llegamos al punto final: ¡¡¡que grandes son los americanos, la madre que los parió!!!. ¿Para cuándo una buena película de ciencia-ficción española donde contemos metafóricamente los grandes episodios nacionales?. Muy especialmente alguna empresa que haya contado por la participación de todos como la Transición: con una nación reducida a una adolescencia de 40 años (los españoles / Ewoks bajo Franco), con un paternalista emperador (el propio Franco), un malvado general (Darth Vader/Carrero Blanco), un joven idealista tentado por el Lado Oscuro (Luke Skywalker/ Su Majestad), su fiel acompañante (Chewaka / Suarez), un joven descreído (Han Solo / Felipe Gonzalez), y acompañados todos en su aventura de una minorías que son los nacionalismos (R2-D2 y C3PO / Vascos y Catalanes). Si es que sólo hay que ponerse a pensar, coñe. Ahora, que yo esta empresa no la ponían en marcha sin antes consultar a una amistad mía como es el profesor Pinilla, especialista de la Transición (autor de La transición de papel), a quien por cierto, le dedico este artículo. Piénselo, piénselo, y verán como todo encaja.

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