El otro día fui a ver Lars and the Real Girl (Craig Gillespie, 2007) con mi amiga Aurea Ortiz, a la sazón crítica de cine del periódico “El Levante EMV”. Y ambas salimos con esa sensación de vacío que da el haber echado por el retrete esos preciosos 106 minutos que podríamos haber utilizado para leer, estar con nuestros seres queridos o ayudar a construir una sociedad más justa a través de las distintas organizaciones que a ello se dedican. Áurea, de ese rato que pasamos frente a la pantalla achinando los ojos y empequeñeciendo el cerebro al menos se sacó una crítica, que reproduzco porque es que esta mujer escribe que esculpe: “Que gran parte del cine comercial de Hollywood se dirige a un espectador infantilizado lo sabemos de sobra, pero que también el llamado cine independiente (sea eso lo que sea) apueste por ello nos ha pillado por sorpresa. Porque se puede hablar de buenos sentimientos, de la necesidad de la solidaridad y el amor entre las personas sin necesidad de hacerlo desde una perspectiva completamente infantil, que es exactamente la de esta película. El problema no es que los personajes sean como niños incapaces de enfrentarse a sus vidas, es que la película comparte esa opción y considera también al espectador como tal, capaz de tragarse sin rechistar y sin reflexión ninguna ese microcosmos de bondad sin límites que es el pueblo del protagonista.”. Muy bien todo, muy acertado pero… ¿y yo?. ¿No había echado por la borda el mismo tiempo?. Algo tenía que hacer, porque ya eran muchos días los que había pasado clamando al cielo con el puño cerrado ante la “gran estafa del cine indie”. Ese enfado me decidió a escribir este originalísimo artículo que es una copia casi palabra por palabra del que escribiera Alisa Parren para la revista de cine de la Universidad de California (Film Quarterly) sobre la cosa indie y sus espectadores, los indiotas. 

La primera duda que nos asaltó una vez que se acabaron los títulos de crédito del bodrio intitulado Lars and the Real Girl (Craig Gillespie, 2007) fue “¿quién ha metido el cine de arte y ensayo en nuestro multiplex?”. El estupor y la duda creció cuando echamos un vistazo a nuestro alrededor: estábamos parapetados detrás de un muro de contención hecho a base de palomitas, a nuestro lado unas jubiladas comentan la película atronadoramente, y delante un grupo de chonis hablan a gritos con el móvil arrebatando la esencia a la comunicación a distancia. ¿Es este un sitio idóneo para pensar?. Pues no, la verdad. Pero aquí estamos y. nada más y nada menos que para ver una cinta independiente. Y, la culpa de esta situación, ¿quién la tiene?. Pues Miramax Films hombre, Miramax, que es que está claro. Hagamos un poco de historia…

Miramax es una empresa fundada por dos hermanos Harvey y Bob WeinsteinMy Left Foot (Jim Sheridan,1989). Otras pelis que distribuyeron en la década de los 80 fueron “Pele el conquistador” Pelle erobreren (Bille August, 1987) o The Thin Red Line (Terrence Malick,1998). que comenzó a trabajar en la década de los 80 cuando la fiebre de los videoclubs hizo que los distribuidores independientes tuvieran cierta cancha. Interesados en el llamado cine de festival, de culto y en lengua extranjera (o sea, en inglés no americano) fueron afianzándose poco a poco gracias a la distribución y producción de películas de “calidad” a las que aplicaron un inteligente uso del marketing. Véase por ejemplo cuando Daniel Day-Lewis habló ante el Congreso de los Estados Unidos a favor de la gente con minusvalías porque había pintado con los pies en


El final de la década de los 80 y el principio de los 90 estuvo marcada para Miramax y para el resto de los mortales que nos ponemos delante de pantallas por una peli, Sex, Lies, and Videotape (Steven Soderbergh, 1989).Sex, Lies, and Videotape fue la primera de una larga serie de “indie blockbusters”, o sea, “rompe-taquillas independientes” ya que con un presupuesto escaso de 1.1 millones de dólares hizo 24 millones de dólares sólo en EEUU, convirtiéndose en mejor inversión que Batman (Tim Burton,1989) que con una inversión de 50 millones de dólares, recaudó 250 millones de dólares en el mercado doméstico. La peli de Soderbergh es la madre del cordero del cine indie, o mejor dicho del “pelotazo del cine indie”; una película que marcó una nueva época en la producción y distribución de películas, haciéndose eco de cómo Hollywood estaba cambiando.
Tras su estreno, la peli de Soderbergh empieza un largo recorrido de festivales que culmina con la Palma de Oro de Cannes, lo que le lanza al mercado europeo con la bendición de los críticos. Pronto en los periódicos y revistas del ramo cinematográfico aparece una frase que se va a convertir en lugar común para el cine indie a lo largo de los años “fíjese usted, que esto es cine de calidad, que son unos pequeños productores y distribuidores frente al Mal Absoluto, Hollywood”. Mientras los críticos y los espectadores decíamos esto, cada vez había más señales que demostraban que nos la estaban metiendo doblada. Por ejemplo, los grandes conglomerados de Hollywood estaban abriendo sus empresas “independientes”, que son, a saber: Universal Focus, Paramount Classics, Fox Searchlight y Miramax que desde 1993 encienden los puros que se fuman con dólares gracias al dinero que ha metido en la Disney. Esas grandes corporaciones en su admirable lucha contra el aburrimiento se dieron cuenta que “lo pequeño era hermoso”. Es decir, que una buena película indie podía dar en el mismo lote dinero (si comparamos los riesgos de inversión de una gran película) y prestigio (a través de los premios que son la mejor forma de publicidad gratuita). Así por ejemplo, los Oscars de 1995 fueron llamados el “Año de los Independientes” ya que concurrían a los premios The English PatientBreaking the Waves (October /Universal), FargoShine (Fine Line/Time Warner)… como pueden ver entre los productores hay gente tan independiente como Polygram o Time Warner. (Miramax / Disney), (Gramercy/Polygram) y


El otro signo del apocalipsis audiovisual que nos viene encima es el marketing y los nichos. Miramax, la pionera en este campo lo tenía claro, cada producto debe tener una publicidad cuidada, destinada a un sector concreto de la población (es decir, a un “nicho”) y sobre todo, debía sacar el producto del “gueto del cine de arte y ensayo”. De hecho para Sex, Lies, and Videotape Soderbergh hizo un tráiler así como muy experimental y demostrando que para ir a ver aquello se tenía que haber ojeado, al menos, un libro en la vida. Y los hermanos Weinstein, dueños de Miramax, le afearon la conducta diciéndole que ya se encargaban ellos de lo de la publi. El cartel que hicieron, con una excelente fotografía, sería imitado en los años siguientes por otros “indies”. Por un lado. colocaron arriba esa sopa de laurel en la que se han convertido los carteles de cine con esas ramitas rodeando las frases “Decimonona ganadora del Festival de Cine Decepcionante de Ontario” y luego alguna sentencia de algún crítico de revista de prestigio “Una entrañable actuación a base de una perfecta dicción. M.J.P. de Cashiers du Multiplex”. Con estos señuelos se intentaban ganar la atención de la audiencia de cine de arte y ensayo: baby boomers, cuarentones, con gafas de pasta, que han crecido con el cine internacional y el Nuevo Cine Americano y que van a sitios incómodos de celebración del cine global, en Valencia, “Los Albatros”.


Por otro lado, los carteles de las pelis “indie”, a partir de Sex, Lies, and Videotape, tienen una apariencia visual muy atractiva (antes sabias que la peli era buena porque el cartel era horrible), como de anuncio de bebida carbonatada para jóvenes. Además la foto del cartel subraya algún aspecto que pudiera llamar la atención por su carácter adulto: sexo, gente que se compra muñecas hinchables, violencia. Al lado de la foto, una frase que aligere las opiniones de los críticos, al estilo “¡¡¡Una entrañable comedia!!!” o “La mejor idiotez del año”… Más que nada para demostrar que es una peli de pensar, pero poco, y que se pasa en un ratito. Vamos que es una peli que pueden ver los jóvenes, el segundo nicho de mercado al que está dedicado este tipo de películas.


Para ir terminando, a mí como estrategia de marketing, la historia del cine indie, en principio pues no me parece mal: comprender que a la gente le pudieran gustar historias más adultas es un gran paso para tratar con respecto al espectador, pero malinterpretar esa idea tiene sus consecuencias. Querer meter el cine “independiente” y sus historias adultas en los multiplex o los grandes almacenes tiene su precio. Es como si a la entrada del Kinepolis pusieran “quien entre aquí que abandone toda la esperanza”, ya que a esos sitios se va a consumir alocadamente, y no a pensar (ni siquiera a pensar con la vista). Lars and the Real Girl es un claro ejemplo de un cine de arte y ensayo para grandes almacenes, o la reunión de lo peor de dos mundos. Porque si ese cine que habla a gritos al espectador, el de los Kinepolis, me resulta pesado, también me resulta cansino el sentimiento catedralicio que produce las Filmotecas, lo incomodas que son las salas de Versión Original Subtitulada, o lo tramposas que resultan ciertas programaciones… en fin, hay días que tras ir al cine con los amigos, se acaba como los protagonistas de la barca de la Medusa: hambrientos, malhumorados, cansados y desorientados dentro de las crueles aguas del mar Ocioanico.

Miren las tonterias que se pueden hacer en un cine en “Me ha entrado algo en el ojo”