
Que estas fallas son especiales es de todos sabido. No hace falta ser un gran observador ni muy amigo del calendario zaragozano para darse cuenta que el día posterior a la quema de las fallas se inicia la Semana Santa. Y que por poco, por un poquito, Valencia no se va a acabar pareciendo a aquella infame peli Mission: Impossible II (John Woo, 2000) donde se juntaban falleras mayores, procesiones y bailes regionales en un ambiente como de mucha risa que no es apropiado, para nada, en la celebración de la muerte de nuestro Señor. De todas formas si se hubiese producido esta coincidencia temporal habría gustado, ojo, que todo lo que sea poner más barroquismo al barroquismo, más madera a la hoguera, y todo lo que sea soplar sobre caldo helado, en esta ciudad gusta. Y se aprecia. Además que sería como un apocalipsis estético anunciado por Hollywood, y eso también es bonito, a qué negarlo.
Esta extraña coincidencia que se produce en nuestra ciudad, unida a que los hechos referidos vienen envueltos por papel de regalo del circuito de Fórmula 1, me ha traído a la memoria un artículo de Ralph Rugoff titulado Them Park Slums (dentro del libro Circus Americanus). Un artículo donde se preguntaba: ¿Qué pasa cuando los parques de atracciones alcanzan tanta solera como para considerarlos un sitio histórico?. Lo que en nuestro contexto viene a ser: ¿Qué pasaría si dejáramos las fallas puestas todo el año?. O si lo prefieren: ¿Qué pensarán las siguientes generaciones cuando vean las ruinas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias? (personalmente me inclino a pensar a que teorizaran sobre la posibilidad de un IV Reich, el de la Diversión Potencial).

Ralph Rugoff es, si me permiten el atrevimiento, alguien como usted o yo. Un ser sensible que vive en un mundo que no comprende, que le agrede, pero que le fascina. A él le ha tocado Los Ángeles y toda la parte como de Baja California (a nosotros…). Este choque personal le llevó a escribir una serie de artículos para LA Weekly sobre museos bizarros, demostraciones de aviones militares y otras aberraciones del gusto. Allí hablaba de Alpine Village un centro comercial situado en California, fundado por inmigrantes bávaros en 1968 y donde las tiendas tomaban la forma de pequeñas casas alemanas con sus característicos tejados inclinados, sus vidrieras y sus muebles de madera y motivos florales; como joya del conjunto destacaba una pequeña capilla. En Alpine Village bajo los letreros de grafía gótica se vendía algún producto alemán que destacaba sobre la típica oferta de gran almacén.

Claro que de 1968 han pasado exactamente 40 años y aunque Alpine Village parezca hoy en día más una ciudad abandonada que el rico centro de intercambio comercial que fue en su época, el tiempo no pasa en vano. Este hecho lleva a Rugoff a preguntarse: “¿Si Alpine Village se convierte algún día en un sitio histórico, será un sitio histórico de falsa historia?”. Es decir, ¿qué es la imitación de un pueblo alsaciano en Baja California cuando han trascurrido 200 años desde su construcción?. Este nudo gordiano se resolvió en 1985 cuando “un grupo de arqueólogos desenterraron la Ciudad del Faraón situada bajo unas dunas de arena a 150 millas del Norte de California. Esta “antigua” ciudad egipcia fue levantada por Cecil B. DeMille para Los Diez Mandamientos (1923) y fue enterrada una vez que la filmación se acabó, se ha convertido con el paso de los años en objeto de interés histórico. Las películas son parte de la historia, por supuesto, y este set gigantesco, con sus 21 enormes efigies y sus murallas de 100 pies de alto son hoy en día considerados como artefactos de una época venerable de Hollywood”.




Firmado: El Maestre del Culto de El Gran Botellon Columna de Fuego.


